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Capítulo 3. Tras la curva
El enano se levantó al
amanecer y en seguida despertó a Folco.
- Es tiempo de recojer mis cosas,
amigo hobbit. Hoy sería bueno llegar a Bree, pasar allí la noche y
, desde allí, hasta Annúminas: otros cinco días de viaje...
Oye, ¿y tu tío no me venderá un poney de los peores? Se
lucró bastante a mi costa, tal vez condescenderá...
- Sí, teníamos
poneys en venta, - respondió Folco lavándose. - Habla con él.
Tendrá que estar en la cocina mientras la tía pasa por el
gallinero... Te preparo provisiones para el camino.
Los quehaceres distrajeron al
hobbit de los pensamientos tristes. El enano gastó poco tiempo en
persuadir al tío. Con lamentos y gritos de angustia, ensalzando las
virtudes del poney, el tío se esforzó por conseguir del enano el
doble del precio de mercado. Thorin volvió a empaquetar al diminuto en su
macuto, colgó el hacha en el cinturón y se abrochó la capa
en el hombro izquierdo con una hebilla forjada.
Toda la población de la
finca salió para despedir al huésped de las montañas
lejanas.
- Así que nos hemos
encontrado y nos separamos, Folco, hijo de Hamfast, - dijo Thorin. - ¡Gracias
por todo! Por el techo, por el calor, por la comida y por la charla. Gracias por
haberme sacado a buscar al poney perdido. De lo contrario, nunca habríamos
tropezado con el diminuto. Gracias por tus ojos agudos y brazos ágiles;
si no, nunca le habríamos capturado. Una lástima que no haya
podido leer debidamente el Libro Rojo, pero la vida es larga, y estoy seguro de
que nos volveremos a ver. No sé cuándo, pero lo esperaremos.
¡No te pongas triste! Sois buena gente, y te amé en seguida... Podríamos
viajar juntos... Una pena que os hayáis hecho tan sedentarios...
El enano le dirigió una
sonrisa animadora a Folco, se inclinó con respeto a la multitud que le
observaba en silencio y llevó a su poney cargado tras las puertas. Allí
otra vez se volvió, alzó el brazo para el último saludo,
montó el poney y desapareció tras la curva.
Los hobbits reunidos en el patio
empezaron a disolverse, echando miradas atentas en el Folco perdido que no podía
alejarse de las puertas. El patio quedó vacío cuando él con
la cabeza gacha se arrastró a su cuarto. El tío Paladin le gritó
algo desde el otro extremo del pasillo, pero Folco no le hizo caso.
En el aire de su cuarto todavía
se conservaba el aroma fuerte de la bazofia enana, el sillón apartado aún
conservaba los contornos de su figura robusta, más acostumbrada a las
tablas duras de las posadas que a la comodidad de las viviendas hobbit. Folco
suspiró y tomó la espada de Meriadoc que yacía sobre la
cama para devolverla a su sitio acostumbrado sobre la chimenea. Y en aquel
monento pasó algo inesperado.
Apenas los dedos del hobbit
cogieron la empuñadura antigua de hueso, pulida por generaciones de
guerreros de Gondor, todo se oscureció ante sus ojos, y vio al enano
cabalgando por vastas tierras. La capa ondeaba tras su espalda, en el cinturón
brillaba su hacha de combate, y por todos lados, tras cada arbusto, colina o
piedra le disparaban sus pequeñas pero bien apuntadas flechas los
diminutos, ¡y nadie había para advertirle, salvarle! Folco agitó
la cabeza haciendo desaparecer la visión. Ésta se veló pero
no desapareció, y entonces el hobbit cojió la silla produciendo
ruido intencionadamente al colgar la espada en su lugar.
- Folco, ¿por qué
no contestas cuando te llaman? - en el umbral apareció la figura del tío.
- ¿Quë te acabo de decir? Prepárate, irás con <Mnogorad>
a llevar los nabos a la feria. Anda, anda, holgazán, muévete,
¿piensas que los voy a cargar yo? - el tío hablaba masticando algo,
las migas se le caían en el pecho, las recogía con cuidado y las
devolvía a la boca.
"Una pena que os hayáis
hecho tan sedentarios..." El saludo final de Thorin. Y su mirada dirigida
no ya a los hobbits que quedaban en sus madrigueras calentitas sino hacia el
camino que corría a lo lejos, un camino largo y peligroso... ¿Qué
le importan al enano libre los parientes de Folco que habían olvidado el
gusto áspero de largos viajes? ¿Y qué le quedaba a él,
Folco Brandigamo? ¡¿Llevar a la feria los nabos Brandigamo famosos
en toda la Comarca?! ¡¿Y atender a este tonto y gordo tío
Paladin?!
"Una pena que os hayáis
hecho tan sedentarios..." A Folco le colmaba una rabia alegre y
despreocupada. Al buscar en el rincón, sacó un macuto viejo y
gastado con dos tirantes, lo colocó sobre la cama y empezó a
recojer sus cosas sin prisa. Un tiempo el tío le miró atónito,
después se puso morado y gritó:
- ¿Por qué no me
haces caso? ¡Holgazán, gorrón, así tropieces y te
rompas la crisma! ¿Cómo te atreves? ¿Por qué no
contestas cuando te habla el mayor de la Casa de los Brandigamo? ¡Los
Brandigamo deben ser respetuosos con los mayores y cumplir sus órdenes
sin rechistar! ¡Ahora mismo deja esas tonterías y ve a cargar los
carros! Holgaz... - El tío se interrumpió.
Folco se había dado la
vuelta y le estaba mirando tranquilo, sin miedo ni respeto, sonriendo por la
comisura de los labios.
- No me grites, tío- dijo
Folco en voz baja. - No me gusta... y no voy a cargar ningún carro. Cárgalos
tú, si quieres... Yo estoy ocupado.
El tío Paladin aparentaba
haber perdido la razón. Rugió, bramó y se precipitó
adelante, alzando el brazo para golpearle.
- ¡Ahora verás,
canalla!
Folco dio un paso atrás y
desenvainó la espada. El hobbit joven no se movía ni hablaba, pero
su hoja estaba indudablemente dirigida a la barriga del tío. Éste
se paró y sólo sus emociones borboteaban mientras escuchaba el
habla demasiado tranquila de Folco:
- No me tirarás más
de las orejas, tío. No me mandarás a trabajar, no me echarás
sermones, no registrarás mis cosas, no me obligarás a nada. Me voy,
y castígate a ti mismo si quieres detenerme. Ahora, adiós.
Folco se colocó el macuto
tras la espalda y la espada en el cinturón, imperturbablemente apartó
al tío estupefacto y se dirigió por el pasillo a la cocina. Allí
cogió galletas y carne curada para varios días. Oyó tras
él cierto movimiento. Folco se volvió sin prisa y vio al tío
pálido que lentamente entraba en la cocina. Sonrió y salió
en el patio. Sin prisa lo atravesó, entró en el establo y escogió
y ensilló al mejor poney. Al salir vio a la gente que asomaba por todas
las puertas y al tío corriendo a su encuentro, perdida toda su dignidad
acostumbrada.
- ¡Detenedle! - chilló
el tío.
Una media docena de hobbits
menos tímidos se dirigió hacia Folco parado en el centro del patio,
pero su valentía se acabó cuando éste abrió su capa
y puso la mano en la empuñadura. En una extraña ceguera estaba
dispuesto a cortar a cualquiera que osare interponerse en su camino, aunque no
sabía cómo se hacía. Nadie se atrevió a detenerle.
Folco, lleno de orgullo, montó al poney, le espoleó con los
talones y salió de las puertas de la finca.
Una ráfaga del viento
fresco sopló en la cara del hobbit. Su poney corría a toda
velocidad, el regreso no existía, y el hobbit tenía que darse
prisa: el enano podía haberse alejado bastante...
Oyó a su espalda un
sonido conocido - un Brandigamo tocaba el cuerno: tuuuút-tutuuuút
- la antigua alarma de Los Gamos. Le contestaron los cuernos de las granjas
circundantes. Folco vio a los habitantes de las casas que se veían a
ambos lados del camino salían corriendo sin darse cuenta de lo ocurrido.
Folco rio. En aquel momento estaba muy contento de sí mismo. ¿Qué
le importaban todos estos hobbits alarmados? Llevaban trescientos años
viviendo entre sus nabos, y así seguirían otros tantos. A él
le esperaba la incertidumbre, el camino lejano, la espada, noches frías
bajo la capa ligera... Folco se estremeció involuntariamente, pero de
inmediato se tranquilizó al recordar que había cogido la capa
caliente forrada de plumas.
El poney trotaba ligero por el
camino bien arreglado que serpenteaba entre numerosas granjas y campos. Corría
hacia el norte, a las puertas de Los Gamos, en la orilla donde terminaba la
Cerca.
Folco había estado allí
una sóla vez, cuando por primera vez llevaron a los hobbits menores a la
feria grande cerca de Hobbiton. Entonces Folco apenas tuvo tiempo para echar una
mirada en el Gran Camino del Este que desaparecía en la lontananza
azulada. Ancho, tres veces más ancho que los caminos de la Comarca,
apartaba los muros forestales y se iba al Este, recto cono una lanza. Allí,
detrás del bosque - Folco lo sabía - se extendían las
tierras desde hace poco habitadas por hobbits, no muy lejos de Bree, pero
entonces le pareció que se encontraba en el mismísimo fin del
mundo habitable, y que detrás de las espesas cortinas de los árboles
hasta las mismas Montañas Nubladas no habría ni una criatura viva.
Aquel día los carros lentamente torcían chirriando hacia el Puente
del Brandivino y el tío Paladin maldecía a los arrieros con su voz
chillona; a duras penas se separaba del dinero pagado por los aranceles.
Mientras, él, Folco, a su aire, había subido sobre los sacos y se
plantó sin poder apartar los ojos del Gran Camino que cerca del horizonte
se convertía en un hilo fino.
Un fuerte coscorrón le
devolvió a la realidad:
- ¡Para qué pisas
los nabos, bribón!
Folco se estremeció, en
su cara apareció una expresión dura y enojada, y su mano volvió
a tentar la vaina negra una manera muy pintoresca...
El día era muy claro y
soleado, el viaje era agradable, y pronto Folco se olvidó de todo,
incluso que ahora era un vagabundo. El camino le atraía, y cada curva
parecía ocultar de él todo un mundo desconocido.
Por el camino encontró a
mucha gente que con curiosidad observaba a un joven Brandigamo viajando en
dirección desconocida. Folco apenas contenía la sonrisa al ver cómo
se abrían las bocas de los transeuntes cuando notaban el bulto a la
izquierda de su capa.
No se dio cuenta cuando a lo
lejos se oscureció la Cerca. Asombrosamente se aproximaban las copas
azules del Bosque Viejo que antes se habían divisado lejos a la derecha.
Folco se acercaba a las Puertas de Los Gamos. Pronto las vio. El camino hizo
otra curva, y el hobbit contempló las batientes anchas abiertas de par en
par, las atalayas bajas a cada lado y la empalizada ininterrumpida de la Cerca
que se perdía en la lejanía. Casi todos los hobbits que salían
de las Puertas de inmediato iban a la izquierda, a través del puente del
Brandivino. Folco no pudo sino encogerse: su camino iba a la derecha.
Sin novedad pasó las
Puertas, llegó al centro del cruce, se paró para no molestar a los
que iban a la Comarca y miró a su alrededor.
Al oeste, a su izquierda, el
ancho Brandivino atravesaba el puente antiguo de ennegrecidos troncos enteros de
robles. El puente era enorme - por él podían pasar tres carros a
la vez. Y a la entrada del puente, en dos postes clavados en la tierra se veía
una tabla de madera con la inscripción tallada en la Lengua Común
y élfico antiguo: "Tierra del Pueblo Libre de los Hobbits bajo la
protección de la Corona del Norte. Ordeno: que no traspase su frontera
pie de Hombre ahora ni en los siglos por venir y que se rija la Comarca por la
libre voluntad de sus ciudadanos según sus propias razones. Si uno entre
los Hombres necesita ver a alguien de los Hobbits, que venga al Puente del
Brandivino, pase una carta por el correo de la Comarca y espere la respuesta en
la posada. Al quinto año de la Cuarta Edad, en Annúminas, por su
propia mano, Elessar, Piedra de Elfo, Rey de Arnor y Gondor."
A su derecha, como un muro sólido
se levantaba el Bosque Viejo. Seguía el Camino unas dos decenas de leguas:
después su borde giraba bruscamente al sur, cediendo el paso a los campos
de los Túmulos antiguos, de los cuales en la Comarca no dejaban de contar
tradiciones viejas, a cada cuál más espantosa. Folco oía
decir que las tierras cerca de los Túmulos, antes vacías, ahora se
habían poblado de hombres. Precisamente al este, por el Camino, debía
estar el famoso Bree con su taverna conocida por toda la Tierra Media: "El
Poney Pisador". Qué era lo que se encontraba más allá
al este, Folco no sabía a ciertas, pero decían que los Arnoredain
habían llegado hasta la Cima de los Vientos, labrando las fértiles
tierras vírgenes.
Folco se apeó, otra vez
revisó los arneses y colocó debidamente las alforjas. Desde hacía
ya un rato los guardias - hobbits armados con arcos y hondas - lo miraban con
curiosidad; este puesto fronterizo se vigilaba desde hacía siglos, y la
profesión del Guardia del Puente había llegado a ser hereditaria...
Folco, sin darse cuenta, buscaba
pretextos para demorarse más. Los vastos espacios le atraían, pero
no le dejaban los presentimentos de los peligros que le esperaban...
Por el puente pasaron cuatro
carros tirados por poneys bien gorditos y ajaezados, acompañados por ocho
hobbits montados con arcos y mazos pesados colgados en los cinturones. No se
dirigieron a Los Gamos, como pensaba Folco sino que fueron directamente al este
por el Camino; uno de los jinetes le gritó para que se apartara. Folco
montó de prisa y se acercó al primer carro.
- ¿Dónde vais,
amigos? - preguntó a los hobbits.
- A las Lomas Blancas - le
contestó el hobbit mayor con el pelo totalmente cano. - ¿Qué?
¿También tú vas para allá? Ven con nosotros. Los
caminos no son ahora tranquilos. ¡Y aquí todos parecéis
haber caído de la luna! Nadie quiere saber de nada...
El viejo dio la señal con
el brazo y estimuló a su poney con las bridas. El carro se movió,
y Folco fue con ellos. Los ocho jinetes jóvenes se mantuvieron alerta al
principio, pero después se relajaron y empezaron a charlar.
Y Folco supo que durante los dos
últimos años en el Camino habían pasado cosas extrañas.
Unos hombres atracaban y mataban a los viajeros: hobbits, enanos, incluso
hombres. Los ancianos de la región hobbit de las Lomas Blancas dirigieron
una queja al Senescal de Annúminas. Éste envió un
destacamento, al parecer de su guardia o de la tropa regular de Arnor. Los
Arnoredain cogieron a alguien y por un tiempo se tranquilizó el Camino,
pero aún se encuentraban de vez en cuanto cadáveres desnudos en
las cunetas.. Desde entonces los hobbits iban a la Comarca o a Bree
exclusivamente en grupos.
Pasaron así una media
hora; después Folco se dio cuenta de que a esa velocidad él nunca
alcanzaría al enano, y después de dar las gracias a los nuevos
conocidos, que ahora no dejaban de charlar, se adelantó con su poney.
"¿Bandidos? -
pensaba, - ¡que sean bandidos! ¡Soy pequeño de estatura pero
ágil y armado!"
Corría el tiempo. Hacía
mucho que el Puente y la caravana hobbit habían quedado atrás.
Folco avanzaba en plena soledad. De las entrañas del Bosque Viejo no
llegaba ni un sonido, pero con cada paso el hobbit miraba con más timidez
la espesura separada del Camino por una cuneta honda. Del Bosque salía
arrastrándose una neblina grisácea; parecía ser pesada y
como una leche derramada en el aire fluía por las zanjas a las orillas
del camino. Reinaba el silencio, sólo los cascos torpemente golpeaban por
el polvo. Se hacía tarde, el disco solar casi desapareció detrás
de las sierra del Bosque Viejo, el Camino se llenaba de crepúsculo. Folco
espoleaba al poney inclinándose hacia la crin. Las sombras vespertinas le
tendían sus brazos largos, y el hobbit estaba desazonado. No podía
apartar los ojos de las filas oscuras de los árboles gigantescos, de las
olas inquietas de niebla azulada que subía de las zanjas; sus oídos
captaban cada sonido que venía de la oscuridad...
Folco se mantenía cerca
de la orilla izquierda del Camino, pero una vez tuvo que acercarse a la derecha
para evitar un charco grande y su mirada casualmente cayó en la zanja
llena de neblina. En el fondo Folco divisó una mancha oscura. De sopetón,
como si alguien le retirase una tira de los ojos, él entendió con
temor y asco que veía un cuerpo muerto.
Al hobbit se le congelaron las
entrañas, pero de las profundidades de la conciencia surgió otro
pensamiento: "quienquiera que sea él, deja tus miedos y cubre el
cuerpo con tierra." Y antes de que su temor se lo hubiera impedido, el
hobbit había tirado de las riendas.
En la cuneta yacía un
hobbit boca arriba. Debía haber sido asesinada recientemente- tan sólo
los cuervos le habían picado los ojos. El cuerpo, en vez de una buena
ropa hobbit, estaba vestido de sucia tela de arpillera. La herida negra
atravesaba la frente de la sien hasta la nariz.
Folco no se podía demorar
mucho; con cada minuto perdido, el enano se alejaba más. Todo lo que pudo
hacer fue cavar con la espada un hoyo en la pendiente y cubrir el cadáver
con barro húmedo. Cojiendo unos guijarros a la orilla del camino, Folco
los puso en forma de triángulo, cuyo pico indicaba donde estaba la cabeza
del difunto.
Terminado su trabajo, el hobbit
calló un minuto y volvió a montar. El tiempo le apresuraba, había
cumplido su deber, y ahora el miedo volvía a apoderarse de él.
Involuntariamente, Folco pensó en los Nueve, y como si fuera una
respuesta a sus pensamientos secretos, de la lejanía nocturna el viento
trajo el aullido conocido, una tristeza sobrehumana, confesada al cielo
oscurecido. El aullido le era familiar, pero entonces lo había oído
con el enano, en el cuarto del hobbit, al lado de una chimenea encendida,
protegidos por paredes viejos. Aquí, en medio del camino solitario
iluminado por una luz nocturna espectral, junto al cadáver de un paisano
recién enterrado, el sonido le espantó y le hizo sentirse
acorralado. Lo cubrió el sudor frío. El aullido no cesaba, se
alejaba y volvía a acercarse; el poney echó a correr sin necesitar
más estímulos. Inclinado sobre la crin recortada del poney, Folco
volvió la cabeza.
Allí, lejos en el oeste,
se veía un trozo estrecho del cielo claro. El sol acababa de hundirse en
el Gran Mar, pero un borde del cielo seguía guardando colores verdosos, y
a lo largo del horizonte apenas se divisaba un hilo bermejo. Por un momento el
hobbit creyó divisar las esbeltas siluetas de las torres de los Puertos
Grises al fondo del destello verdoso, iguales a las descripciones de los libros;
el hobbit mismo nunca las había visto.
No bien recordó los
palacios élficos en las costas del golfo color estaño, el eterno
rumor del Gran Mar, el misterioso Oesternessë donde habita Elbereth, la
Reina Luminosa por cuyo nombre juran los inmortales, su corazón se iluminó,
como si una mano poderosa hubiera apartado la telaraña gris de sus sombríos
pensamientos. Folco levantó la cabeza y se sintió mejor; incluso
empezó a murmurar la vieja canción leída en el Libro Rojo;
la cantaban los elfos dirigiéndose a sus fortalezas forestales desde los
Puesrtos Grises. Folco cantó la canción varias veces, pero sus
pensamientos volvían al hobbit matado que acababa de enterrar a la orilla
del camino. ¿Quién era? ¿Cómo se vio allí?
¿Caminaba a pie desde la Comarca a Bree o al revés? ¿O tal
vez le capturaron lejos, en las Lomas Blancas y trajeron aquí para
interrogarlo y matarlo? ¿O llevaba tiempo preso, y sus amos se
deshicieron de él cuando no pudo trabajar para ellos? Quién
sabe...
De todas maneras, habría
que contarlo a los hobbits de Bree, advertirles que vinieran a enterrarlo al
difunto debidamente, para que él, Folco, pudiera mirar sin vergüenza
en los ojos de aquel hobbit cuando se encontraran allí, al otro lado de
los Mares Ruidosos...
Mientras tanto vino la noche, la
llama del ocaso se apagó, pero la luna que se había asomado por
encima de los montes orientales daba bastante luz, y el camino era recto y
plano. El poney corría vivamente, y según los cálculos de
Folco, hasta los lindes del Bosque Viejo quedaban no más de dos o tres
leguas. ¿Pero dónde estaba Thorin? ¿Tanto se había
adelantado? Folco espoleó al poney y en aquel mismo momento notó
una figura baja cabalgando unos cien pasos adelante. El poney del hobbit galopó
a toda velocidad; el que estaba por delante tuvo que oír el taca-tac de
sus cascos. El desconocido paró bruscamente a su caballo, se apeó
de un salto, en el rayo de la luna brilló el acero pulido.
- ¡Quienquiera que seas -
alto! - resonó la voz del jinete, y Folco le vio quitar la capa ancha y
agitar el brazo derecho pasándolo a lo largo del muslo. Ahora el
desconocido estaba preparado al combate - el hacha terciada, el pecho protegido
por la armadura.
- ¡Soy yo, yo, Thorin! -
gritó Folco levantándose en los estribos y agitando los brazos
como un loco.
La figura con el hacha dio unos
pasos a su encuentro. Se acercaron, y Folco se apeó al lado de Thorin
paralizado de asombro.
- ¡Folco1 Amigo hobbit,
¿de dónde...?
- Ah, los mandé a todos a
paseo y decidí ir contigo. Cuando te despediste, dijiste que sería
lindo viajar juntos.
- ¿Y tus parientes, la
finca, el tío?
- Nada, - Folco se rio
despreocupado. - Sin mí encontrarán a alguien para llevar los
nabos a la feria. ¡Quá alegre estoy por haberte alcanzado! ¿Sabes?
- el hobbit se entristeció. - ¡He visto un cadáver en el
camino! Y ese aullido... ¿lo has oído?
- Espera, espera... ¿Has
encontrado un cadáver, dices? ¿De quién? ¿Dónde?
Monta, monta, no vamos a volver, claro... Bree está ya a dos pasos...
¡Dime, dime!
- Un hobbit. No le conozco.
Acababan de matarle - no estaba rígido todavía.
- ¿Con qué le
mataron?
- Le partieron la cabeza - con
la espada debe ser...
- Vaya cosa, hermano, - el enano
meneó la cabeza. - Hay bandidos en el camino, así que mejor que
nos apresuremos, amigo hobbit. No es tiempo para refrescarnos por aquí.
Mira, ya se ven los Túmulos...
En verdad, el bosque se alejaba
zigzagueando hacia el norte y sur. El camino salió de la masa forestal a
una planicie ancha cubierta por unas lomas. Aproximadamente a dos leguas de los
amigos el camino pasaba por una depresión suave entre dos colinas. A la
izquierda serpenteaba un sendero apenas visible en las tinieblas que iba al
norte a lo largo del borde del bosque. Allí a lo lejos brillaban unas
cuantas lucecitas. Aún más lejos se adivinaban los contornos de
una sierra cubierta de árboles.
- Allí hay una aldea
hobbit, cerca de Lomas Blancas, - indicaba Folco a su amigo. - Allí, más
a la derecha, cerca del Camino Verde, viven los hombres de Arnor. Y detrás
de las colinas estará Bree...
A la derecha se extendían
unos campos cubiertos por túmulos de diferentes alturas. La niebla los
rodeaba, y los túmulos parecían ser unas burbujas espantosas
saliendo a la superficie de un mar fantasmagórico. Folco no pudo contener
un estremecimiento - allí, por delante, hacia el sur, se encontraban los
túmulos donde el tumulario cogió a los cuatro amigos hobbits.
Por un rato fueron en silencio,
echando miradas a los tumulos. El primero perdió la paciencia fue el
enano:
- ¿Lo oyes, Folco? Parece
que cantan... Un canto gangoso, ¿no?
El hobbit agudizó los oídos.
Desde las colinas venían los sonidos largos y ululantes de una canción
interpretada por centenares de voces. El canto monótono llenó su
corazón con una confusa inquietud y le hizo recordar el misterioso
aullido de antes... El sonido se acercaba.
- Eh, ¡vámonos de
aquí, rápido! - siseó entre dientes el enano que se puso
muy serio.
Torció bruscamente a la
izquierda y arrastró a su poney abajo, a la cuneta. Folco se apresuró
a seguirle. Con dificultad apartaron a sus tercos caballos del terreno abierto;
el hobbit y el enano se acercaron arrastrándose al borde de la zanja y
miraron fuera, escondiéndose entre la hierba alta. Thorin sacó su
hacha, Folco desenvainó la espada.
De la oscuridad salían
siluetas negras, una tras otra. Eran jinetes; montaban caballos altos, a sus
espaldas ondulaban largas lanzas; los jinetes iban en parejas, sin prisa, dirigiéndose
precisamente hacia el sur, hacia los campos de los Tumulos. Algunos sostenían
antorchas. Sobre el camino fluyó una humareda. Y el canto gangoso no
cesaba.
La cabeza de la columna se hundió
en la niebla que ocultaba los pies de los túmulos y el Bosque Viejo, y
detrás de la colina salíeron nuevas filas de jinetes. Pasaron unos
carros, apareció la infantería. Como un pincel negro sobre el
fondo plateado del campo iluminado por la luna, así, como un rio,
avanzaban los infantes siguiendo a los jinetes desaparecidos en la niebla. No
tintineaban las armas, los rayos no jugueteaban en las armaduras; todo era
negro, y solamente el canto tenebroso en un idioma desconocido alteraba el
silencio de la noche.
Por fin, la procesión
desapareció en la neblina. Folco la seguía con la mirada, y de
sopetón se fijó en la Piedra Erguida que coronaba la cumbre del túmulo
cercano. Sus facetas se inflamaron con una luz bermeja, como si un relámpago
oscuro atacase el vértice de la colina. Miinutos después lo mismo
pasó con la Piedra del siguiente túmulo, y en la oscuridad se
tendió una cadena larga de las luces parpadeantes . La neblina se iluminó
como si en sus profundidades hubieran encendido una hoguera gigantesca. Y desde
el sur vino el conocido aullido espeluznante.
El enano se tapó los oídos
con las palmas. Ahora este aullido parecía haberse colmado de una alegría
maliciosa, como si alguien que acabara de recibir el arma para una venganza
concebida hacía siglos, se mofase y riese sin tener otras posibilidades
de expresarse. El hobbit y el enano por primera vez se asustaron de verdad.
Durante un largo rato no se
atrevieron a moverse. El enano fue el primero en volver en sí.
- ¡Vaya, qué
demonios andan por las tierras del rey de Arnor! - susurró. - Sabes qué,
amigo hobbit, mejor nos largamos de aquí. No me gusta nada...
Sacaron al camino a sus poneys,
inclinándose y encogiéndose involuntariamente, tratando de no
abandonar las sombras negras de los árboles. Folco miraba a su alrededor
lleno de miedo, el enano se echaba maldiciones en voz baja. Montando, tocó
con su bota el saco con el diminuto; desde dentró se oyó un
lloriqueo.
Pronto alcanzaron el borde de un
barranco por el fondo del cual corría un riachuelo; el barranco
atravasaba un puente de piedra. Detrás se veían edificios.
Los viajeros pasaron el puente.
A su alrededor aparecieron campos labrados, a lo largo del camino había
cercas de vigas, a la derecha e izquierda marchaban varios senderos. Media hora
después apareció la negra empalizada de Bree. El camino tropezó
con las puertas cerradas por la noche, en la torre vigía se veía
una lucecita. El enano gruñó metiendo la mano bajo el manto:
- Somos dos... dos poneys... dos
cuartos de arancel, como mi abuelo...
Del camino se apartó un
sendero más y, dando vuelta a la empalizada, se perdió en el sur.
Sobre la silueta serrada de los troncos asomaban los tejados de tablas finas.
Ladraron los perros.
El enano se acercó a las
puertas y las golpeó con la cabeza de su hacha. Por un tiempo no hubo
respuesta, después se abrió una mirilla, y una voz ronca preguntó
entre sueño:
- ¿Qué mala bestia
os trae? ¿No podéis esperar hasta la mañana?
- Tú, imbécil,
¡qué agudeza! - se enfadó Thorin. - ¿Es que hemos de
dormir aquí, al raso? Toma el pago por dos ¡y abre de una vez! -
pasó el dinero por la mirilla.
- ¿Quiénes sois?
- Thorin, hijo de Dart, de las
Montañas de Lhûn. Voy a Annúninas por un asunto de comercio.
Conmigo está Folco Brandigamo, hijo de Hamfast, mi socio y amigo. ¡Déjanos
entrar, hombre!
- Bien, bien, tanta prisa...
Ahora abro.
Se abrieron las puertas, detrás
de ellas había una calle larga y oscura. El portero viejo, mascullando
bajo su capote, apretó la batiente pesada y corrió la tranca.
Folco lanzó un suspiro de alivio. Estaban en Bree.
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