|
Buscando al poney.
La puerta resistió. En el
pasillo resonó una voz grave y potente:
- ¡Folco, bribón!
¿Por qué te has encerrado? ¡Un Brandigamo decente no oculta
nada a sus mayores! ¿Me oyes, holgazán? ¡Abre de una vez!
Folco despertó de golpe,
adormecido, sin entender nada. Al despabilarse, se fijó en la puerta que
se estremecía bajo los golpes, después se encogió
desesperado, y con la cabeza hundida entre los hombros fue a abrir arrastrando
los pies.
La puerta se abrió de par
en par, y en el umbral apareció un hobbit gordo de edad avanzada, con la
cara redonda y arrugada. Bajo sus espesas cejas fruncidas se ocultaban unos
ojillos de color indeterminado.
- ¡Ahá! - empezó
él, metiendo las palmas detrás del cinturón y abriendo los
codos. - ¡Aquí está el golfo! ¿Quién ha tomado
el poney y no lo ha devuelto al establo, eh? ¡A ti te pregunto, pillastre!
Los gordos dedos rojos agarraron
la oreja de Folco y empezaron a tirar despiadadamente de ella. Folco palideció
y se acurrucó de dolor pero guardó silencio.
El hobbit recién llegado
no hizo ningún caso a Thorin, que ya se había levantado y abría
la boca para saludarle. Escrupulosamente, él seguía tirando de la
oreja de Folco.
- ¿Dónde está
el poney, holgazán? ¿Dónde está, gorrón?
¡Te pregunto a ti! Los Brandigamo debemos multiplicar los bienes heredados
de los antepasados trabajando duro, y no despilfarrarlos como la gentuza de
Hobbiton! En tus años yo pastaba ovejas, trabajaba días enteros, y
nunca perdí ninguna. ¿Y tú? ¿Qué haces tú?
¡Pierdes el poney! ¡Un maravilloso poney que no tiene precio!
¡Los mismos Tuck no tienen un poney así! ¡Y en vez de ir a
buscar al poney que cogiste sin permiso, duermes tan tranquilo!
En lo mejor del sermón
sus dedos apretujaron aún más la oreja de Folco, así que
éste gimió estremeciéndose. Al ver sus ojos llenos de dolor,
el enano salió de su turbación.
"De un lado, es imposible
ver tranquilo cómo oprimen a un débil, y de otro - aquí, en
la Comarca, también tienen sus propias reglas..."
El enano dio un paso enérgico
adelante, sus dedos, como unas tenazas de acero apretaron la mano hinchada del tío
Paladín (el enano adivinó que éste era precisamente
él).
- Disculpad, estimado señor
- dijo Thorin entre dientes. - Dejad en paz a Folco que no tiene ninguna culpa.
Yo fui quien dio el susto a su poney cuando nos chocamos en el camino nocturno.
Os pagaré los gastos. ¿Lo soltáis?
- A ti no te pregunto, - siseó
el tío esforzándose por librarse de la mano de hierro del enano. -
¿Quién eres? ¡Y este golfo va a responder por haber traído
gentuza!
El enano se puso colorado:
- Yo no soy gentuza. Mi nombre
es Thorin hijo de Dart, soy un enano de las Montañas de Lhûn...
¡Sueltálo! - rugió Thorin cogiendo con la mano libre el
cuello del tío y sacudiéndole ligeramente.
De pronto el tío lanzó
un chillido agudo y ablandó los dedos. Folco se le apartó de un
salto apretando la palma a la oreja. Thorin soltó al tío y dijo
con una voz pacificadora:
- Tal vez deberíamos
intentar entendernos. Os dije mi nombre. Ahora os toca a vos, y entonces os podré
explicar por qué estoy en la Comarca.
La fisonomía del tío
recordaba a un tomate pasado, pero habló con el seguro y agresivo tono
grave de antes:
- Me llamo Paladín, hijo
de Svíor, y ahora soy la cabeza de la Casa de los Brandigamo. Así
pues, ¿qué quieres, por qué viniste aquí sin
invitación, sin pedir permiso?
- ¡Oh estimado Paladín,
hijo de Svíor, cabeza de la Casa de los Brandigamo! - promunció el
enano apenas disimulando el desprecio. - No pude presentarme debidamente por
haber venido a vuestras tierras por la noche. Iba por el camino desde el norte y
casualmente me tropecé com un hobbit joven montando un poney. El poney se
asustó, se soltó y huyo. Así me encontré con Folco.
Cediendo a mis repetidas rogaciones, él me concedió el alojamiento.
¡Por supuesto, a cambio de una remuneración, mi querido señor!
El enano se crispó otra
vez, pero el tío no lo notó. Thorin metió la mano en la
pechera, y enseguida brilló en su puño un montículo de
trialones de oro del rey Elessar.
- También os ruego que
recibáis cierta recompensa por el poney perdido por mi culpa. ¿Os
bastará con seis monedas de peso normal?
"Con ese dinero se pueden
comprar cuatro poney perfectos, - pensó Folco. - Este avaro nunca negará
el lucro..."
El tío parpadeó,
se lamió los labios que de repente se le habían secado, resopló...
Sus ojillos brillaron.
- Pues, desde luego... - empezó
él. - Nosotros, desde luego, podríamos recibir la recompensa...
pero no es lo que me importa. Si el estimado Thorin, hijo de Dart, enano de las
Montañas de Lhûn, afirma que fue culpa suya... mejor dicho, error
suyo perder el poney, desde luego que debe pagarnos su precio... Pero lo que me
interesa más es saber, ¿para qué nuestro estimado enano
visita nuestras tierras?
- He sido enviado por mis
parientes a los hobbits para ofrecerles los más nuevos y mejores artículos
de nuestros artesanos, - contestó el enano seriamente guiñándole
a Folco. - Hemos oído hablar que ahora la casa de los Brandigamo es la más
rica y estimada de la Comarca. - En la cara del tío se expresó la
suma atención, inclinaba la cabeza con dignidad acompañando cada
palabra del enano. - Por esto me apresuré noche y día para
negociar con vosotros. Así que no vais a necesitar viajes largos para ir
a ferias lejanas. Nosotros, los enanos de las Montañas de Lhûn,
podríamos suministraros lo mejor de nuestros artículos por precios
muy económicos... ¡Pero no es un tema para ser discutido en el
umbral!
- Sí, claro que no-
asintió el tío. - Después de desayunar, tú, estimado
amigo, podrás hablar de tu oferta ante el Consejo de los Brandigamo, que
tomará la decisión...
- ¿Debo entender que
abandonáis vuestro propósito de castigar a Folco? - se interesó
el enano con una sonrisa cordial, simulando retirar el oro.
El tío parecía
nervioso:
- Estimado amigo, son asuntos
nuestros, privados. No hace falta que tú, ajeno a estas tierras, te metas...
Pero bien. No le castigaré si...
- Si, por ejemplo, entre los dos
buscamos al poney y yo os pago... ¿cuatro monedas?
- Si se encuentra el poney y vos...
pagáis nuestros gastos de seis monedas, - se opuso el tío con un
tono firme. - No se trata del poney como tal, sino de las humillaciones que caerán
sobre nuestra casa...
- ¿Humillaciones? -
Thorin se quedó boquiabierto.
- Claro que humillaciones. Los
vecinos verán al poney perdido con el hierro de los Brandigamo y dirán:
"Resulta que esos Brandigamo no vigilan debidamente su establo, como
quieren aparentar. Entonces, ¿en qué nos superan a nosotros,
hobbits de la calle, si un poney puede huir de ellos? Si no son mejores que
nosotros, ¿por qué tenemos que hacerles caso?" ¿Ahora
lo ves, estimado Thorin, qué gastos esperan a nuestra Casa? No, ¡recibir
menos de seis monedas significaría poner en peligro el honor de nuestra
familia, la principal, como los Tuck en la Comarca!
El enano se rasgó la nuca
sin saber si hacía falta reír o enfadarse.
- Así sea, amigo - dijo
él y echó en las manos del tío Paladín un manojo de
monedas de oro.
El tío seguía sin
aliento la caída de cada rodaja dorada.
- Te lo agradezco, Thorin, hijo
de Dart - pronunció con respeto el tío mientras ocultaba el dinero.
- Después del desayuno convocaré inmediatamente el Consejo de los
Brandigamo, y tú podrás exponer tus propuestas comerciales. Espera
aquí, si deseas. La sombra del Poste Negro no pasará la distancia
de un codo antes de que te llame. Y tú, Folco, ve a recorrer la finca,
convoca a todos. ¡De prisa!
Folco desapareció detrás
de la puerta. Tras él se fue el tío. Despidiéndose, el
enano y el tío se intercambiaron de unas inclinaciones amables.
Pasaron tres horas enteras, y el
sol se levantó alto sobre el Bosque Viejo antes de que Folco y Thorin por
fin se vieron a solas en el cuarto del joven hobbit. En la frente de Folco
brillaban las gotas de sudor, tenía un aspecto cansado, el enano parecía
totalmente agotado.
- ¡Uf! ¡Tus
parientes por poco me mataron con sus charlas! - respiró el enano cayendo
en el sillón. - ¡Mejor mover el pico todo un día que
escuchar sus historias! Todo el rato estuvieron comiendo y hablando con la boca
llena, no entendí nada... Bah, tanto da... Conseguí lo que quería:
quedarme aquí un tiempo contigo. Dije que necesitaba conocer mejor a
nuestros futuros compradores. Y tú, ¿qué tal?
- Se me hinchó la oreja,
- contestó Folco seriamente. - Bien, el tío me la pagará...
¿Qué quieres hacer ahora?
- Ahora quiero ir contigo a
buscar al poney desaparecido... Coge provisiones y una capa calentita, no sea
que tengamos que pasar la noche fuera...
- ¿Cómo? - de
sopetón se asustó Folco, imaginándose una noche fría
en un bosque oscuro, bajo la lluvia y viento. - ¿Es que no volveremos por
la noche?
- Todo puede pasar - se encogió
de hombros el enano.
Se dirigieron a las búsquedas
acompañados por las miradas curiosas de los habitantes de la finca. Folco,
cuyo espíritu y sed de las aventuras de momento habían vencido los
sustos, no se contuvo ante la tentación de volver a colgarse en el cinturón
la espada del Gran Meriadoc. Se echó a la espalda un saco pesado con
provisiones siguiendo a la sabiduría hobbit: "Para un viaje de un día
coge comida para una semana".
Dejando atrás las puertas,
se encaminaron al norte por el mismo sendero en que se habían encontrado
la noche anterior. Pasada la primera legua y la primera curva que ocultó
los techos de la finca, torcieron a la derecha y se dirigieron al nordeste
registrando los bosquecillos que como unas isletas se levantaban entre el mar de
prados y campos arreglados, metiéndose en los barrancos poblados de
arbustos, preguntando en las granjas que estaban en su camino (Folco hizo caso
omiso a la prohibición del tío), pero todo era en vano.
Llevaban tres horas caminando al
nordeste, el paisaje poco a poco se cambiaba. Los robledales ya no parecían
trapos sueltos, se confluían en macizos espesos. Las granjas se hicieron
raras - las sustituyeron villorrios de tres o cuatro casas, lo que indicaba que
la Frontera estaba cerca. En el camino encontraron más riachuelos y
arroyos que llevaban sus aguas al Brandivino. El hobbit y el enano
minuciosamente examinaban la tierra mojada tratando de encontrar las huellas del
fugitivo. A menudo había barrancos hondos poblados de sauces y olmos; el
enano gruñía, se rasgaba la nuca, pero también él se
metía en los matorrales detrás del hobbit ágil.
El sol pasó el cenít,
del sur vinieron nubes leves, se hizo más fresco. En el camino Folco y
Thorin vieron muchos hobbits que no podían apartar los ojos curiosos del
enano pero no sabían nada acerca del "bien familiar"
desaparecido. Bajo su capucha, el enano más de una vez deseó que
el bicho desgraciado acabara entre los dientes de unos lobos ausentes en la
Comarca.
Mientras atravesaban los campos
por los pocos caminos de esta región., Thorin iba hablando a Folco acerca
de su raza, de sus costumbres, tradiciones y ocupaciones, habló de Annúminas,
recordando con entusiasmo sus potentes bastiones edificados en gigantescos
bloques de granito, torres vigías, cuyos fundamentos se hundían
profundamente en la tierra, calles adoquinadas y casas que reflejaban la
dignidad de sus constructores. Las plantas bajas de los edificios estaban
ocupadas por tiendas y tabernas innumerables. Allí se podía
comprar cualquier cosa o probar cualquier plato de los conocidos en la Tierra
Media. En las afueras había muchos recintos abiertos y cubiertos, donde
actores ambulantes demostraban su arte al público; los cantantes y músicos
daban conciertos en las calles y plazas; en los días festivos, cada año
después de recoger la cosecha, los arrabales Sur y Norte se convertían
en un mar de flores y colores...
La rama de un olmo golpeo la
cara del enano; éste se quejó entre juramentos. Estaban en el
borde del siguiente barranco poblado de olmos.
Desde abajo olía a
humedad, y Folco sin muchas ganas empezó a bajar por la pendiente
escarpada dirigiéndose hacia el arroyo que se oía en el fondo. Sin
dejar de gruñir y tropezar, el enano lo siguió.
Deslizándose por debajo
de las bóvedas de las ramas entrelazadas, Folco alcanzó el fondo.
Detrás se oía el crujir en lo alto mezclado con maldiciones
ininteligibles - Thorin iba abriéndose camino a fuerza. Folco sonrió
involuntariamente tras lanzar una mirada hacia arriba, después se giró
hacia el cauce del arroyo y vio en la tierra húmeda cubierta de musgo lo
que buscaba : las huellas de cuatro cascos pequeños a los que faltaba un
clavo en la herradura derecha delantera.
- !Thorin¡ ¡Lo he
encontrado! - gritó alegre al enano. - ¡Vamos arroyo arriba!
Resoplando y respirando, Thorin
apareció entre la espesura. Fueron por la blanda ribera pantanosa,
atravesando tocones nudosos y musgosos y evitando pozos cubiertos de lenteja de
agua sin perder de vista las huellas del poney.
Sobre sus cabezas se unían
las copas de los árboles; los olmos cedían ante los pinos altos y
abetos robustos que trepaban los pendientes. En el fondo reinaban las tinieblas
verdes, los rayos solares a duras penas traspasaban el techo de ramas. De los
troncos gruesos colgaban las barbas azuladas de los líquenes. Chirriaban
urracas. De vez en cuanto se oía el golpeteo de un pájaro
carpintero. Folco avanzaba con la mano en la empuñadura de su espada, y
en su cabeza volvían a despertarse las leyendas de antaño. Se
imaginaba en el lugar de Bilbo atravesando el terrorífico Bosque Negro.
Tenso y atento, Folco seguía el arroyo escudriñando los
alrededores con los ojos entornados.
Mientras tanto el enano se aburría.
No entendía al bosque, no lo amaba y no sabía andar por él.
Siguiendo a Folco, Thorin producía tanto ruido que si estuvieran en el
real Bosque Negro de los tiempos de Bilbo y sus amigos, ya haría tiempo
que les habrían comido...
El barranco iba directamente al
este, y Folco se preocupaba. Según sus cálculos, en cualquier
momento podían llegar a la Cerca. ¿Y a dónde corría
su poney perdido? Las huellas iban justamente por el fondo del barranco, la
bestia parecía no pretender torcer o subir la cuesta. Folco se esforzaba
en recordar el paisaje de allí arriba, pero no lo consiguió;
apenas conocía esta parte del país. No les quedaba sino seguir
adelante, esperando a tener la suerte de interceptar al fugitivo antes de la
Cerca.
Su charla había cesado.
Folco se distraía mirando a su alrededor, agudizando los oídos. El
enano se preocupaba tan solo de no caer en el agua.
Así pasaron casi una hora.
El sol poco a poco bajaba tras sus espaldas. Cuando salieron a un claro seco, el
fatigado Folco propuso un descanso.
Merendaron y fumaron las pipas,
dando reposo a sus piernas. El enano parecía dormitar con los ojos
semiabiertos, pero Folco no dejaba de dar vueltas impacientes en su tocón.
Puso su espada en el regazo y la desenvainó hasta la mitad. El bosque
circundante se hizo más espeso y sombrío, el barranco se hizo más
ancho. Los matorrales ocultaban las pendientes de los ojos del hobbit. Las voces
de los pájaros callaron, a veces el viento liviano traía los
gritos herrumbrosos de los cuervos. Folco alzó los ojos hacia el cielo,
tratando de adivinar la hora, pero a través de las bóvedas verdes
no pudo ver nada. Por todos lados, en la espesura se hacían más
altos y notorios unos susurros y crujidos extraños. Lejos se oyó
el batir de unas alas pasadas. El hobbit se estremeció y desenvainó
la espada.
En aquel mismo momento sintió
en la nuca una mirada fría y hostil y a la vez tímida. Folco no se
podía explicar cómo lo había entendido. Sentir que aquel
desconocido también le tenía miedo dio seguridad al hobbit. Se
estiró afectadamente, bostezó, incluso apartó de sí
la espada, pero al mismo tiempo su mano derecha cogió una rama corta y
pesada. El hobbit actuaba sin pensar, como si una voluntad ajena le guiara.
El ser detrás de la
espalda del hobbit se movió. El hobbit bizcaba esforzándose por
discernirlo, pero en vano. A su lado el enano resoplaba tranquilo. ¿Tenía
que despertarlo? ¿Y si el desconocido se alarma?
Pasaron unos minutos
interminables, y el azar y la ser de aventuras le vencieron. Volviendo
bruscamente, Folco lanzó con fuerza la rama donde calculaba haber
divisado al desconocido. En el siguiente momento el hobbit con la espada
desenvainada se echó a los matorrales.
Con el ruido y el crujir se
despertó Thorin. Al notar algo caído detrás de los
arbustos, el enano, decidido, tomó posición de combate. Su hacha,
como si poseyera vida propia, saltó de la parte trasera de su cinturón
a su mano derecha. De los matorrales surgían los sonidos de la refriega,
unos chillidos. Sin pensar mucho, el enano se precipitó donde Folco
estaba.
La rama lanzada por el hobbit
dio en el blanco, haciendo caer al observador, lo que permitió a Folco
salvar la distancia que le separaba de los arbustos y agarrar el ser verdipardo
que se revolcaba en la tierra.
Su estatura era aún menor
que la del hobbit, y era mucho más débil. Folco despiadadamente
arrastraba la cara o el morro - todavía no lo sabía - del ser por
el musgo. El bicho pió lastimeramente y dejó de resistirse. Pero
no bien alzó Folco los ojos al enano que se acercaba corriendo, gritó
de dolor. Su adversarió había clavado los dientes agudos en su
dedo.
- ¡Eh, tú, hazlo
una vez más y te corto el cuello! - rugió el hobbit ferozmente en
la oreja del tumbado y por si acaso pasó el acero frío por su
cuello cubierto de un suave vello pardo. El desconocido pareció
entenderle porque se acurrucó y se relajó.
- ¿A quién
capturaste? - se interesó el enano acercándose, pasando el hacha a
la mano izquierda y con la derecha levantando por el cogote al yaciente.
-¡Vaya! ¡Un viejo
amigo! - exclamó Thorin de pronto con una alegría maliciosa, dando
vuelta al capturado para que Folco pudiera ver su cara.
Ante el hobbit, entre los brazos
robustos del enano se agitaba un hombrecillo diminuto, de la estatura de un codo
de Folco. En su cara arrugada y prolongada rabiosamente brillaban los ojillos
rojos, ahora llenos de pavor, que enseguida recordaron al hobbit los ojos de las
ratas capturadas. Tenía una larga nariz aguileña y labios finos.
Sobre sus orejas largas con grandes lóbulos caía el pelo negro y
ondulado. Estaba vestido de una bien arreglada ropa marrón y botitas de
piel.
- ¿Es que le conoces,
Thorin? - preguntó Folco.
- ¡Cómo no! Conozco
bien a toda su tribu, demasiado bien. Ahora le interrogaré. Él
entiende nuestra lengua, pero nunca hablará, a no ser que... ¡le
vayamos a torturar con el hierro candente¡
Pronunciando estas palabras el
enano examinaba atentamente la expresión de los ojos del diminuto para
entender si éste entendía la Lengua Común. Pero el preso
seguía indiferente. El enano contaba:
- Su tribu lleva mucho tiempo
con nosotros. Habitan minas extraídas y no desprecian los túneles
orcos, cono me decían unos amigos de las Montañas Nubladas. Por
naturaleza son astutos y pícaros, prefieren no trabajar sino engañar
a los demás para que éstos trabajen para ellos. Su sagacidad les
permite usar a algunos enanos, los más tontos, pero la mayoría de
los nuestros los menospreciamos. Oía decir a mi padre que contaba que
durante la Guerra del Anillo estos bichos se escondieron detrás de las
espaldas ajenas: un día nos ayudaban y al siguiente apoyaban a los orcos.
He visto a algunos en Annúminas. Allí se ocupan, sobre todo, de
husmear los precios y vender información a los mercaderes. En un tiempo
habitaron las cavernas de las Montañas Grises, pero cuando vinieron los
orcos, estos diminutos se sometieron a los recién llegados. Y después
poco a poco y casi inadvertidos se esparcieron por todo el norte de la Tierra
Media... Sabes, mejor te lo cuento después, y ahora, si me permites, le
preguntaré en su idioma. ¿Ite ott burjush? - se dirigió
Thorin al diminuto, dejándolo en el suelo.
Éste calló. Thorin
le agitó ligeramente así que al preso le castañearon los
dientes cuando empezó a hablar con una vocecita aguda y poco agradable.
El enano le iba preguntando con una voz severa, el capturado le contestaba, y si
callaba, la mano del enano le apretaba el cuello, y el diminuto, chillando y
estremeciéndose, en seguida volvía a su incomprensible discurso.
Thorin llevó su charla
con el diminuto durante un largo rato, después de pronto se erguió
y con el dorso de la mano se secó la frente sudorosa; buscó en sus
bolsillos, sacó un ovillo de cuerda y se puso a atarle al preso los
brazos y piernas. Éste aullaba lastimoso, pero no se atrevía a
resistir. Una vez inmobilizado el diminuto, el enano lo metió en su
macuto y se lo colgó detrás de la espalda.
- Adelante, Folco, ¿a qué
esperamos?..
De nuevo anduvieron a través
del crepúsculo forestal, atentos los ojos y agudos los oídos. El
enano se esforzaba en pisotear la tierra sin ruido, mientras contaba al hobbit
medio muerto de curiosidad lo que había sabido por el diminuto.
- Este amigo - dio una palmada
por el macuto donde el prisionero a veces se movía y resoplaba
airadamente, - se encuentra en el sur por algo, ¡y no por su voluntad! Por
cierto, mira bien a tu alrededor, ellos eran cinco. Y su campamento tendría
que estar cerca...
El campamento de los diminutos
se encontró pronto. En un hoyo entre las raíces del pino en la
pendiente norteña del barranco vieron las huellas de la hoguera. La
hierba alrededor estaba aplastada, había mucho ramaje seco y lechos de
hojarasca. Aquí mismo habían dejado unas capas, cinturones y pequeños
cuchillos en vainas de piel negra. En el trípode se mecía una
calderita abandonada, llena de sopa oscura, con un olor fuerte y extraño.
Pero los amigos no vieron mochilas ni otra arma, más seria. Se veía
claramente que acababan de escapar sin haber apagado bien el fuego. Los ojos
penetrantes del hobbit notaron las huellas de las botitas que iban hacia el
este. Los amos del campamento tuvieron tiempo para retirarse.
- Se largaron y no trataron de
ayudar a su compañero - soltó el enano con desprecio, dando un
puntapié a la caldera.
- ¿Qué hacemos
ahora? - preguntó Folco, indeciso. El enano estaba registrando los
arbustos circundantes.
- Las huellas de tu poney y las
de estos tipejos van en la misma dirección- le respondióThorin. -
Las seguiremos. Y mientras caminamos, te contaré algo curioso.
El hobbit echó la mirada
al enano, y le sorprendió cómo éste se había
cambiado. Las cejas del enano se unieron, no apartaba la mano de su hacha, se
deslizaba semiencorvado, evitando lugares abiertos. Involuntariamente Folco se
contagió de la inquietud de su compañero y desenvainó el
arma.
- ¿Los vamos a capturar?
- preguntó con una voz baja y aguerrida. - ¿Y después?
¿Es que no me dirás qué es lo que te contó?
- Dice que vivía en un
pueblecito cerca de Annúminas. Eso parece ser cierto, allí tenemos
minas abandonadas. Ellos trabajaban, a su manera, para un rico mercader de
Arnor. Y un día les vino el hijo menor de aquel respetado señor
(como le llama nuestro amigo) y les hizo una propuesta lucrativa: buscar los
caminos más cortos a Forlindon evitando la Comarca, cerrada para los
forasteros por el edicto del rey Elessar. El diminuto dice que se perdieron en
el Bosque Viejo, de donde apenas pudieron salir...
- No me lo creo - Folco se
encogió de hombros. - A Forlindon, dicen, va un buen camino que desvía
la Comarca por el oeste...
- ¡No me lo creo! -
refunfuñó el enano. - Miente, y ya está, como todos
ellos... ¿Y qué haremos con él? No lo mataremos... ¡Y
él bien que lo sabe! Si acabamos con él, será un asesinato,
y los diminutos no nos perdonarán. Sus parientes angustiados se
precipitarán a los pies del Senescal, rogando la defensa... El rey
Elessar quería ser justo, y en su reino la ley es la misma para Enanos,
Hombres o Diminutos... ¡Pero ya estoy cansado de llevarlo! - de súbito
el enano se interrumpió a sí mismo. - Mejor que le matemos. Es un
sitio solitario...
Con estas palabras dejó
caer su saco en la tierra y le pegó una patada. Del saco se oyó un
piar débil.
- ¡Mira, eso es que lo
entiende! - dijo el enano complacido. De las entrañas del saco se oyó
un largo aunque desordenado discurso. - ¡Espera, espera! - se puso atento
Thorin. - Esta canción sí que me gusta...
El enano abrió el saco y
extrajo al diminuto un tanto arrugado fuera. Este se cayó en el suelo
como si no tuviera huesos, sin dejar de barbotear.
- ¡No tengas tanta prisa!
- le ordenó Thorin dándole un puntapié suave.
El diminuto se incorporó
a medias, los codos atados por detrás y con la mirada asustada fija en el
enano, siguió más lento, sollozando de vez en cuando. Folco no
entendía ni palabra, pero en la voz del diminuto se oía verdadero
miedo. Éste barbulló un cuarto de hora y después calló
y se acurrucó en la tierra, mostrando su resignación total ante el
destino.
-¿Qué dice, qué
dice? - Folco no se contenía de la curiosidad.
Thorin se sentó en un tocón
próximo, su cara oscurecida.
- Va mal, mi amigo hobbit -
suspiró el enano. - Dice que un día vino un jinete desconocido, un
hombre, a ver a los ancianos de su familia. Quién era y de dónde,
este diminuto está claro que no lo sabe. Los ancianos hablaron toda la
noche, y al amanecer le llamaron y junto a otros cinco parientes suyos les
ordenaron ir a esondidas al sur. ¿Y sabes a dónde? A Isengard.
¡Les ordenaron buscar los restos de aquellos que servían a la
"Mano Blanca"! No tengo idea de qué es la Mano Blanca, ¡pero
el diminuto dice que tenían que buscar a los orcos supervivientes!
- ¿Qué... qué
significa todo esto, Thorin? - balbuceó el hobbit, aunque ya sabía
la respuesta, pero tenía miedo de creerse a sí mismo y esperaba
como un niño que todo se arreglaría...
- Todo esto significa, -
pronunció el enano separando cada sílaba, sin apartar los ojos de
la cara del hobbit, - que alguien reúne los restos de los que servían
a la Oscuridad... ¿Acaso alguien más quiso el poder sobre la
Tierra Media?
Folco se llevó las manos
a la cabeza y empezó a menear lentamente, repetiendo en voz baja una sola
frase:"¿qué pasará ahora?"
Sobre el hombro del hobbit
desesperado se puso la mano del enano.
- ¡Domínate, Folco!
- dijo en voz quieta. - No tenemos quien nos proteja. Acabamos de saber unas
noticias sumamente importantes y hay que actuar inmediatamente. Ni tú ni
yo sabemos qué hacer, pero tal vez, si pedimos consejo a otros, que
puedan conservar valentía ante noticias amenazantes, podremos idear
juntos algún plan... ¡Y ahora al camino! Buscaremos una hora más...
y después volveremos.
- ¿Y qué haremos
con éste? - preguntó Folco con una mirada clavada en el vacío.
El hobbit no podía
deshacerse de la sensación de que todo su mundillo acogedor en un par de
segundos se había desmoronado, que un gran peligro amenazaba su patria y
que él debería afrontarla , un pequeño y un tanto patoso
hobbit sin contar con la ayuda de unos omnisapientes y casi todopoderosos
magos...
- Ahora no es posible dejarlo
libre, -pronunció Thorin pensativo. - Hará que ir a ver a sus
ancianos, averiguar quién era aquel jinete... Mañana me voy,
Folco. Al diminuto le llevo conmigo... ¡Vamos! Las huellas del poney,
¿ves?
No bien hicieron cien pasos que
Thorin se paró bruscamente.
- ¿Qué empalizada
es esa?
Entre los árboles se veían
unos troncos altos y puntiagudos,
clavados en la tierra. Una cerca
ininterrumpida bajaba por uno de los terraplenes, atravesaba el arroyo cerrando
su cauce con una reja menuda y subía perdiéndose en el bosque
espeso. Se acercaron más, y Folco vio que La Cerca, segura defensora de
la Comarca de los disturbios del mundo exterior, edificada por sus antepasados,
había dejado de ser protección. Los troncos musgosos de la
estacada se habían podrido y caído en algunos sitios; la reja del
arroyo estaba rota por un lado; se veían las desgastadas entrañas
de sus postes laterales. Una cerca sólida e invencible ya no existía.
Demasiadas emociones tuvo que
experimentar aquel día un Folco que ignoraba conmociones serias. Sólo
por eso la Cerca rota no le impactó demasiado. Tan sólo escupió
enfadado, maldiciendo a los hobbits holgazanes a quienes correspondía
mantenerla en orden. Siguiendo a Thorin traspasó los troncos caídos
y por primera vez en su vida se vio fuera de los contornos de su país
dulce, cómodo y acogedor.
Antes vacío, el claro
frente a la Cerca ahora estaba poblado de plantas, el arroyo se hizo más
ancho, sus riberas cubrían los olmos raquíticos. El barranco se
abrió. Poco a poco se convertía en el plato enorme del valle donde
se oscurecían los copos sombríos de los robles y fresnos del
Bosque Viejo.
- La habéis hecho buena,
hobbits - de prontó gruñó Thorin. - Habéis olvidado
la frontera... No es nada raro que los diminutos os frecuenten...
Los amigos a duras penas pasaron
el matorral espinoso y saltaron por los mogotes rojizos del pantano, rodeados
por el agua negra, reflectante como un espejo. El rastro del poney había
desaparecido, y no les quedaba otra posibilidad que avanzar al azar hacia el
borde azul oscuro del Bosque Viejo esperando, si no encontrar al fugitivo, al
menos salir a una tierra seca. El ligero Folco saltaba por delante; el enano se
movía con cuidado, tentando el fondo con una vara larga. Alrededor todo
estaba silencioso; en el aire estancado no se percibía ni un soplo del
viento.
Dieron con el poney por pura
casualidad. Con el rabillo de ojo Folco notó una agitación en los
arbustos. Se paró y divisó al fugitivo cuyos arreos se habían
enredado. El poney pareció haberles notado también porque volvió
a agitarse y relinchó atrayendo la atención.
- ¡Uf, por fin! - Thorin
se secó la frente sudorosa con la manga. - Sinceramente, estos bosques me
tienen hecho polvo.
Volvieron con el diminuto
cargado en el poney. Girándose, Folco miró la linde del Bosque
Viejo con un sentimiento borroso de lástima. El día moría,
desde el sur llegaban nubes pesadas. En el crepúsculo apenas se divisaba
el murmullo del arroyo y rara vez sonaban las voces pajareras. El hobbit iba el
primero llevando el poney, Thorin le seguía.
- Quisiera saber, ¿a quién
se le ocurrió reunir a los orcos no rematados? - preguntó el enano
a sí mismo.
El hobbit se limitó a
encoger los hombros, y el enano continuó:
- ¿Serán muchos,
en realidad? Llevamos años en las cavernas de Aglarond cerca de aquellas
tierras, y nada ha ocurrido... Ah, entregaremos al diminuto en Annúminas,
donde se deba, y que piensen ellos.
Sobre el Brandivino se apagaron
los últimos rayos del ocaso cuando los amigos cansados alcanzaron arrastrándose
la finca de los Brandigamo.
En el camino el enano cansó
al hobbit con sus discursos acerca del absurdo de la misma idea de luchar por el
dominio de la Tierra Media en los tiempos del fuerte poder real, y Folco se
alegró cuando `por fin se vieron en el cuarto acogedor del hobbit después
de haber entregado al poney a manos del tío Paladin que por primera vez
murmuró que Folco, a lo mejor, no estaba totalmente perdido, y se
acostaron tras haber acomodado al diminuto bien atado en el rincón con un
par de cojines y mantas.
El hobbit agotado se durmió
en seguida cuando se encontró en la cama.
|