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Mi buen corrector (quien quiera que
seas), te ruego verificar todos los nombres propios de la gente y de las
poblaciones que es lo más que me preocupa. Las palabras dudosas se
encuentran entre paréntesis <...> No ahorres en el tiempo de buscar
los equivalentes exactos - los lectores ilustrados te darán las gracias.
Si algo te parece dudoso desde el punto de vista del propio contenido, ten en
cuenta que yo traduzco a pie de letra y no corrijo los fallos del autor que son
asombrosamente numerosos. Si lo consideras oportuno, puedes poner entre paréntesis
"así en el original" o algo por estilo.
Nik Perúmov
EL ANILLO DE LA OSCURIDAD
La Espada Élfica
Primera parte
Capítulo 1. El hobbit y
el enano.
Al anochecer, las nubes que cubrían
todo el cielo se disolvieron inesperadamente. El disco escarlata del sol, como
en un colchón, bajaba entre la neblina que en el horizonte se mezclaba
con las leves nubecitas. Sobre el fondo carmesí del cielo se perfilaban
muy nítidamente los negros picos agudos de las Montañas de Lhûn.
Se aproximaba esa hora corta en la que el día estival aún no cedía
ante las tinieblas pero ya los contornos de los objetos adquirían una
borrosidad inexplicablemente misteriosa. En momentos así, los árboles
se presentaban como extraños animales, los arbustos como enanos agachados
y el bosque lejano adquiría el aspecto maravilloso de un castillo
élfico. Incluso los cacareos vespertinos de los gallos se hacían más
suaves y melódicos.
Sobre los recién
cosechados campos se arrastraba una ligera y plateada neblina. Levantándose
de bajíos y barrancos, se esparcía por doquier, convirtiendo los
robles ancianos en islas oscuras sobre un mar espectral y blanquecino. En las
ventanas de las poblaciones que salpicaban la lontananza iban apagándose
las luces. La gente se acostaba ya. Ululó el búho, voló la
sombra veloz de un chotacabras. En el puente del Brandivino cerraron las puertas.
En el patio de Casa Brandi, en Los Gamos, trepaba a la torre de vigía un
hobbit con su arco y el carcaj lleno de flechas. Arregló el cuerno de
alarma en su cinturón y se puso a medir con sus pasos el techo de la
torre, almenada con troncos gruesos. A unas millas se oscurecía el lóbrego
muro del Bosque Viejo que se perdía en el sur y el este. El centinela se
abrigó mejor en su capa de lana y se apoyó sobre el parapeto,
escudriñando la lejanía. Detrás de los primeros árboles
todavía se divisaba el Claro de la Hoguera, pero la oscuridad lo llenaba
con rapidez. El cielo se salpicaba de las estrellas brillantes de otoño.
De sopetón en el patio
sonaron unos pasos ligeros. El centinela se dio la vuelta, contemplando una
silueta pequeña incluso para las medidas hobbit. Las puertas del establo
se abrieron de par en par, y el hobbit desapareció dentro. Pronto salió
llevando un poney ensillado, lo montó y se encaminó sin prisa a
tomar el sendero que iba al norte. La niebla lo tragó enseguida.
"¡Otra vez este
chiflado vagabundeando de noche! - escupió el centinela. - ¡Se
imagina no sé qué tonterías! Abusó del Libro Rojo, y
ahora - ¡míralo!.. Parece que la gloria de Meriadoc el Magnífico
le quite el sueño. Ya hace tres siglos que marcharon más allá
del Mar el viejo Bilbo y Frodo, ese sobrino suyo... Y ahora, ¿qué?
Los elfos se han ido, los enanos desaparecen... Los mismos hombres nos evitan...
Y éste, ¿qué pretende?"
Los pensamientos del centinela
fluían lentos y perezosos, al igual que su servicio, heredado desde antaño...
El poney trotaba tranquilo por
el camino apisonado y conocido de memoria. Pero, ¿de verdad le era tan
familiar? La noche con su mano poderosa lavaba los colores cotidianos, prestando
a cada objeto y a cada ser vivo una apariencia diferente. Aquí se extendían
a ambos lados unas ramas nudosas y serpenteantes, pretendiendo agarrar los
hombros al jinete para arrancarle de su montura... Allá, ante sus ojos,
un arbusto se levantaba, se giraba y se hinchaba... en unos instantes aparecería
en sus profundidades verdes una sombra, con una linterna en su mano espectral.
Había que saber defenderse. El hobbit ceñía la espada de
Gondor, aquella que usara el mismo Gran Meriadoc, cogida en secreto y sin
permiso de los mayores. Con un arma así no había lugar para el
miedo - toda alimaña huiría ante su sola presencia.
Tac, taca-tac, taca-tac. La
oscuridad se hacía más densa; a lo largo del camino aparecieron
unas sombras. Al hobbit le pareció ver algo conocido. Aquello ¿acaso
no era un esbelto guerrero elfo, saludándole con la mano? Y allí,
¿no había un enano risueño apoyado en su hacha de combate,
sirviéndose una pipa? Hacía tiempo que el hobbit había
dejado las riendas, y su poney iba al azar... No conocía nada mejor que
esos paseos solitarios en las noches de verano, cuando se reanimaban los viejos
cuentos y tradiciones, cuando cada minuto se esperaba un ataque y estabas listo
para contrarrestarlo, y tu mano por si sola tendía a la empuñadura...
Bajo los olmos espesos y anchos, el camino giraba con una curva pronunciada. Era
el lugar más temible. Por la izquierda, a través de la espesura
centelleaba el agua profunda y fantasmal del estanque, al que rodeaba un espeso
saucedal. Allí siempre se reunían los pájaros nocturnos;
sus graznidos extraños, raros para el oído hobbit, sonaban
especialmente agudos. Pero al hobbit, inmobilizado en su montura se le pintaba
que era la chirriante y aullante comitiva de los Nueve que prevenía su
pronta aparición. Cerró los ojos y se imaginó los caballos
negros, como tejidos en la misma oscuridad, con máscaras ajustadas,
volando, atravesando la noche, y el viento agitaba las capas negras de los
jinetes... Largas y pálidas espadas golpeaban en sus caderas, espadas
para las que no había remedio ni salvación, y con una malicia
furiosa e inhumana refulgían las cuencas vacías de sus ojos; los
Jinetes Negros volaban guiados por el olor de la sangre caliente... En un
instante, la comitiva callaría, y el hobbit se vería cara a cara
con el capitán de los Jinetes... ¡Terrible y atrayente! Era
atrayente, porque en la profundidad de su alma el hobbit sabía que no
pasaría nada, las matas quedarían inmóviles, y, al pasar
sin novedad este tramo, volvería atrás, a tiempo para dormir y
recobrar fuerzas que le permitieran aguantar el día duro y lleno de
quehaceres domésticos. Al día siguiente todo seguiría como
siempre, y se hundiría en la tranquila vida de los hobbits, en la que
todo se sabía de antemano, y nada cambiaba ni podía cambiar...
De sopetón el poney
resopló y se paró. En el claro entre dos árboles, iluminado
por la luna, se divisó una silueta robusta, dos cabezas más alta
que el hobbit. Al desconocido le cubría una capa gruesa de modo que sólo
se le veía un brazo empuñando una vara.
Al hobbit se le pusieron los
cabellos de punta. De él se apoderó un miedo gélido, se le
cortó la voz, y un grito murió en sus labios... El desconocido dio
un paso adelante. El poney retrocedió, se movió bruscamente, y el
hobbit perdió el equilibrio y cayó rodando sobre la hierba a la
orilla del camino.. Sonó el taca-tac apresurado de los cascos - el poney
huía velozmente. Olvidándose de todo, el hobbit se tumbó
boca abajo y se incorporó de un salto, desenvainando su espada. (¡Cuántas
veces en su habitación la desenvainó orgulloso, imaginándose
pelear contra un orco o troll!) El arma brilló opaca, dando un poco de
ánimo al hobbit.
- ¡Bueno, muchacho!
¿Qué te pasa? ¿Tienes flojos los tornillos? ¡Guarda
ese arma! - sonó de la oscuridad una voz tranquila un tanto bronca.
- ¡No te acerques! - chilló
el hobbit retrocediendo con la espada tendida hacia delante.
- ¡Estate quieto! Ahora
enciendo fuego - El desconocido se inclinó, recogiendo algo de la orilla
del camino. - ¡Y deja de una vez tu puñal!.. A propósito,
¿de dónde es? Adornos ondulados, empuñadura ganchuda...
¿Será de Gondor?
Algo chasqueó secamente,
brilló, y apareció una lengua fina de fuego vivaz. La llama creció,
iluminando la cara del desconocido que acababa de quitarse la capucha. El hobbit
lanzó un suspiro de alivio. ¡Un enano! ¡Un enano de verdad,
como los descritos en el Libro Rojo! Robusto, ancho de hombros, la cara colorada
rodeada de una barba cerrada, nariz roma.. De su ancho y ricamente adornado
cinturón colgaba una pesada hacha de combate. A su espalda asomaba un
pico.
- ¿Eres un enano? - el
hobbit se tranquilizó un tanto, pero no bajó el arma. - ¿De
dónde eres? ¿A dónde vas? ¿Qué estás
buscando?
Seguía retrocediendo, y
las ramas duras del matorral le picaron la nuca.
- Soy de las Montañas de
Lhûn - el enano se ocupaba de la pequeña hoguera, metiendo en el
fuego ramitas secas. - Voy buscando nuevos filones de metales. Ahora ando por
vuestra Comarca, pasé por Hobbiton, Cavada Grande y voy a Los Gamos... Me
han indicado la finca de los Brandigamo desde aquella orilla. Dicen que allí
se puede pasar la noche...
- ¿Cómo? ¿No
te han podido alojar? - se asombró el hobbit, envainando su espada.
El miedo había pasado,
dando lugar a la curiosidad y a una vaga decepción: no era nada más
que un enano... Pero los enanos tampoco frecuentaban la Comarca.
- La Perca Dorada estaba llena.
- contestó el enano.
- Entonces, ¿a qué
estamos esperando? - se apresuró el hobbit. - Vamos, vivo precisamente en
aquella finca. Pasas allí la noche, y mañana ya irás donde
quieras. ¿Vamos? No está lejos... La verdad es que se me escapó
el poney. ¿Dónde estará?
- ¿Eres de los
Brandigamo? - de repente el enano se incorporó y le miró al hobbit
con vivo interés. - ¿Nos presentamos? Thorin, hijo de Dart,
procedo del sur de las Montañas de Lhûn.
- Folco, Folco Brandigamo, hijo
de Hamfast, a tu servicio. - el hobbit se inclinó ceremonioso, y el enano
le respondió con una inclinación aún más profunda.
- En seguida nos vamos - dijo el
enano.
Cuidadosamente apagó la
hoguera que hacía un minuto se esforzaba por encender. Después se
echó a la espalda su pesado macuto y anduvo junto al hobbit por el camino
que volvió a sumergirse en la oscuridad. Pero ahora ya no le parecía
al hobbit inquietante ni peligroso...
Callaban. Thorin fue primero en
romper el silencio:
- Dime, Folco, ¿es verdad
que en vuestra Casa Brandi se conserva una de las tres copias del famoso Libro
Rojo?
- Así es, -se asombró
el hobbit- Este libro y muchos más...
Y se mordió la lengua,
recordando las advertencias de su tío Paladín:"¡No
reveles a nadie que guardamos los manuscritos traídos de Rohan y Gondor
por el Gran Meriadoc!" El tío nunca le explicó por qué
era menester hacer así; normalmente defendía el valor de sus
palabras con un coscorrón en el cogote.
- ¿Y muchos más
libros? ¿Eso es lo que querías decir? - le apoyó el enano
mirando a la cara del hobbit.
Éste, involuntariamente,
ocultó la cara.
- Pues, algo así... -
balbuceó.
- Dime, y tú, ¿has
leído esos libros? - insistió el enano.
Ahora ya no solamente la mirada,
sino la voz demostraba su gran interés por Folco.
El hobbit vacilaba. ¿Debía
contárselo todo a este enano extraño? ¿Contarle que el era
el único que en los últimos siete años entró en la
Biblioteca? ¿Contarle cómo pasaba noches enteras inclinado sobre
los antiguos manuscritos, tratando de entender los acontecimientos de un pasado
increíblemente lejano? ¿Contarle que se ganó la dudosa fama
de hobbit "raro"? No, ahora no, no eran cosas para contar a un recién
conocido...
Se acercaron a las puertas de la
finca. El poney no aparecía.
"Mañana tendré
que buscarlo por todos los barrancos y prados - los tristes pensamientos no
dejaban al hobbit. - ¡Ay de mis orejas!"
- ¿Folco, eres tú?
- sonó la voz del centinela. - ¿Dónde está el poney,
bribón? ¿Quien está contigo?
Folco empujó la puerta y
entró sin prestar atención al grito. Pero Thorin se detuvo e,
inclinándose cortesmente, se dirigió a la figura que divisaba en
la atalaya:
- Thorin, hijo de Dart, enano de
las Montañas de Lhûn, a vuestro servicio. Ruego vuestro amable
permiso para pasar la noche bajo este techo hospitalario, conocido lejos de los
contornos de vuestro hermoso país. ¡Tened piedad de un peregrino
cansado, no le dejéis bajo el cielo!
- ¡No le hagas caso! -
susurró el hobbit, cogiendo el brazo del enano. - Simplemente ven
conmigo, mientras ése no despierte toda la casa. ¡Vamos!
- Oye, Crol, ¿Qué
te importa? Está conmigo, ¿qué más te da? Mira que
tu pipa no se apague de tanto hablar.
El hobbit, decidido, llevó
al enano casi por fuerza hacia la casa.
- ¡Mañana se lo diré
todo al tío! ¡Mañana el tío lo sabrá todo!-
chilló Crol enojado. - ¡Ya lo verás!
Pero en aquel momento el hobbit
y su acompañante ya desaparecían en las profundidades del enorme
laberinto de la finca. El centinela echó un par de maldiciones, escupió...
y después arregló su colchón de paja, se acomodó, y
pronto la torre de vigía se inundó de sus dulces resoplidos.
Por los largos pasillos Folco y
Thorin pasaron innumerables portezuelas que llevaban a la parte occidental de la
finca. Las cámaras de troncos de madera que se pegaban a la pendiente de
la colina en tres filas asomaban por encima de la ribera del Brandivino,
formando algo semejante a un panal. Normalmente los habitaban los hobbits jóvenes
que aún no se habían casado.
Folco empujó una de las
puertas, y entraron en una habitación no muy grande con dos ventanas
redondas que daban al río. Sentando a su invitado en un mullido sillón
frente a la chimenea y después de encender fuego, Folco se ajetreó
poniendo la mesa.
En la chimenea hollinada
danzaban las lenguas rojas de la llama, iluminando las paredes, la cama pequeña,
la mesa y los libros. Los libros ocupaban toda la superficie libre: llenaban los
rincones, estaban bajo la cama, se amontonaban en la repisa de la chimenea. Unos
tomos viejos y pesados en tapas de cuero...
Folco trajo pan, queso, jamón,
mantequilla, verdura, puso en el fuego la tetera y sacó de un escondrijo
una botella abierta de vino tinto. El enano comía apresurado, y Folco,
para no molestar a él, se volvió hacia la ventana.
Una luz espectral de la luna
cubría las orillas bajas del Brandivino, el agua fluía lenta,
negra y sombría, parecía que los mismos reflejos de las estrellas
se hubieran hundido en sus profundidades. En la orilla opuesta se divisaban las
cumbres agudas de los árboles de Bosque Cerrado. En el desembarcadero
apenas se veía la lumbre de una linterna. Folco abrió la ventana
de par en par, en la habitación se precipitaron las voces de la noche: el
rumor del río, el susurro del sauce ribereño, la ligera pero
sonora canción del viento en los millares de copas de los árboles,
ahora, por la noche, llenas de una vida extraña. Y, como siempre en los
minutos así, del hobbit se apoderó una aguda angustia por todo lo
raro, lo maravilloso que salía en los cuentos...
Se imaginó cómo
partían a sus ahora famosos viajes Bilbo y Frodo; tal vez ellos habían
estado así, frente a una ventana abierta en la noche, escrutando la
oscuridad, y en la calle ya esperaban los enanos o los amigos hobbits, y
quedaban horas escasas hasta el amanecer, y nadie sabía si tendrían
la suerte de volver...
A su espalda oyó la tos
delicada del enano. Folco sacudió la cabeza, librándose de la súbita
melancolía y se volvió hacia su huésped que acababa de
terminar la cena. Después echaron más leña en la chimenea y
se sirvieron las pipas.
- Cuéntame, Thorin,
¿qué te trae a nuestras tierras? Nunca ha habido aquí
filones de metal... - preguntó Folco.
Todo lo que ocurría le
parecía un sueño maravilloso, un cuento de hadas venido de la
oscuridad, de años lejanos y asombrosos. ¡Un enano! ¡Un enano
de verdad ahora estaba sentado frente a él, fumando, concentrado, su
pipa!.. La llama iluminaba su abierta cara redonda, y era como si ahora se
levantase el telón gris que bloqueaba la vista del hobbit, como si
tendiendo su brazo pudiera tocar los misterios extraños del Mundo Grande,
conocido sólo de oídas...
Por la habitación, apenas
iluminada por el fuego de la chimenea, se arrastraba el humo dulce de tabaco. Más
allá las ventanas abiertas, la noche paseaba y echaba de paso miradas al
interior de las viviendas, pero ahora sus voces misteriosas no atemorizaban al
hobbit. A lo mejor este encuentro había sido por algo ... y después
vendría una aventura, como la de Bilbo, a por las riquezas de un dragón...
Entonces, todo empezó exactamente igual, ¡con una visita imprevista
de los enanos!
- Necesito el Libro Rojo, -
contestó el enano, mirando directamente en los ojos de Folco.
- ¿Para qué lo
quieres?
- Para entender. Quiero saber cómo
nuestro mundo adoptó sus contornos actuales - dijo Thorin. - En la Tierra
Media suceden pocos cambios, y las causas de muchos acontecimientos de hoy hay
que buscarlas no tanto en el presente como en el pasado.
- ¿Qué
acontecimientos quieres entender? Aquí, en la Comarca el tiempo parece
estar parado. Claro que no sé nada de otros lugares...
- Allí también
muchos quisieran que el tiempo se parase y la vida se paralizara. Muchos
pensaban, demasiado convencidos, que había llegado un siglo de oro...
Folco se acomodó con las
piernas en su sillón clavando sus ojos brillantes en el enano. Este
miraba en el fuego entornando los ojos con un gesto de larga costumbre, como si
estuviera frente a su crisol; el enano siguió:
- En nuestro mundo pasa algo
impropio, Folco. Los enanos hace tiempo que lo notamos. Pero pocos pueden
imaginarse a qué llevará todo esto. La paz se presentaba firme e
inquebrantable, el mal, vencido para siempre y los acontecimientos extraños
y amenazantes, unas equivocaciones indeseables. La cosa empezó en las
minas de Moria. Como tú sabes, poco después de la victoria en la
Gran Guerra del Anillo, los enanos volvimos a poblar los palacios de nuestros
antepasados; en las fraguas antes abandonadas pronto sonaron los martillos
pesados; los enanos ansiosos se precipitaron a las profundidades de la tierra, a
la caza de vetas serpenteantes. Todo iba como debía ir, pero un día...
Un largo y gangoso aullido rompió
el silencio nocturno. Un gemido lleno de una zozobra inhumana voló a lo
largo de las oscuras orillas del Brandivino y se apagó en la lejanía.
El hobbit y el enano se estremecieron y se miraron el uno al otro.
Una ráfaga del viento
susurró en la ventana; una persiana chirrió, golpeó una
puerta entreabierta; abajo, en el río, seca y cascadamente, como un
viejo, murmuró el sauce. El hobbit se acurrucó en su sillón;
en un abrir y cerrar de ojos renacieron todos sus temores, recordó cómo
había esperado la aparición de los Nueve en el camino nocturno...
El enano se incorporó de un tirón y se lanzó sobre la
ventana: asomado hasta la cintura, en vano se esforzaba por divisar algo en la
negrura. Pero todo se tranquilizó, se apagó el viento, por una
rotura en las nubes salió la luna pálida. El enano, suspicaz, miró
a su alrededor, volvió al lado de la chimenea y encendió su pipa
apagada.
- ¿Qué habrá
sido? - Thorin alzó la mirada a Folco.
- ¿Qué sé
yo? - el hobbit se encogió de hombros. - En el Libro Rojo se dice... Pero
no, eso sí que no puede ser ¡de ningún modo! Será un
pájaro...
- ¿Un pájaro,
dices?.. - balbuceó el enano. - jamás he oído hablar de
unos pájaros así... Un aullido idéntico oí hace tres
días cuando pasaba cerca de Cavada Grande... ¡También por la
noche!
El hobbit no tuvo qué
contestar. Tras un rato de silencio el enano siguió:
- Pues bien, me detuve cuando
contaba que los enanos volvieron a trabajar en las minas antiguas. Cavaban más
y más profundo, y un día en una de las galerías inferiores
oyeron en el subsuelo unos sonidos raros y movimientos extraños. Desde
abajo venían unos chirridos, como si allí dentro de las rocas
alguien mordiera las piedras. De repente temblaron las mismas raíces de
las montañas. Los enanos dejaron sus picos y echaron a correr hacia
arriba, pero las bóvedas se vinieron abajo sepultando a los que habían
osado estorbar la tranquilidad de las profundidades subterráneas. Pocos
pudieron subir a la superficie. Yo no he visto Moria y lo que te cuento lo sé
de palabra por unos amigos que escaparon de allí. A los enanos de lugar
no sólo les asustaron los derrumbamientos: un extraño espanto
helador se apoderó de todos los habitantes de Moria. Ese espanto era
invencible, el chirrido subterráneo de unos dientes gigantescos que
apagaba la capacidad de razonar, y quedaba un sólo deseo: huír.
"Los enanos abandonamos Moria" - me dijeron los amigos. Fueron a todas
partes, en su mayoría hacia la Montaña Solitaria en Erebor y a las
Colinas de Hierro. Así, amigo mío - suspiró el enano - tú
dices: "un pájaro"...
Hubo un silencio. Tan sólo
los leños chisporroteaban en la chimenea.
Folco no apartaba la mirada de
las llamas. El enano habló en voz baja, con una inquietud poco
disimulada:
- Nadie sabe ni puede explicar
qué significa todo esto. Nuestros ancianos menospreciaron las difusas
historias de los refugiados, en su interior festejando sus desgracias. Muchos de
mis parientes en las Montañas de Lhûn envidiaban las riquezas y el
arte de los enanos de Moria. Los que acudieron a nosotros no soportaron las
burlas y se dispersaron por todas partes. Algunos fueron a Erebor, a otros los
recibió bajo su mando el Senescal del Rey en Annúminas, algunos
quedaron con Círdan el Carpintero...
Traté de saber, hablé
con muchos, escuché las rocas - y por fin entendí que en las entrañas
del mundo pasa algo malo de veras. Propuse a los nuestros ir a Moria para saber
al fin y al cabo qué era lo que estaba ocurriendo allí. Pero me
respondieron que si a los enanos de Moria se les habían nublado los ojos
y les zumbaban los oídos de miedo, ¿qué tenía que
ver todo eso con nosotros? Lo que tenían que hacer era apuntalar las
galerías y las bóvedas, en vez de chismorrear... - Thorin agitó
el brazo con enfado. - Oí a mi padre y a mi abuelo decir que precisamente
aquí, en la Comarca, se custodiaba el Libro Rojo que contaba de los
acontecimientos de la última guerra. Fueron precisamente los años
cuando por última vez se agitó Moria. A lo mejor en este libro se
encuentra la respuesta. Por eso me encuentro aquí. He ido preguntando a
los hobbits, y me dijeron que los viejos manuscritos tenían que estar en
la finca de los Brandigamo. Y uno aludió directamente a que aquí
podía encontrarse el famoso Libro Rojo del cual todos han oído
hablar pero ninguno ha visto.
Thorin alzó los ojos
hacia el hobbit.
- Así que, Folco, hijo de
Hamfast, ¡ahora tú lo sabes todo! ¡Ayúdame! ¿Acaso
entre tus libros no está aquél que necesito más que nada?
¡Ayúdame, y no escatimaré oro por un favor así!
- ¡Ni por todo el oro de
la Tierra Media te venderé el Libro Rojo! - exclamó Folco incorporándose
de un salto.
- No te lo pido, - en seguida
contestó Thorin. - Permíteme al menos leerlo.
- No tengo Libro Rojo en sí
- dijo el hobbit confuso tras un segundo de silencio. - Tengo tan sólo
una copia, pero es totalmente exacta.
- Me bastará con una
copia - dijo Thorin, impaciente. - Y si la lectura ocupa mucho tiempo, estoy
dispuesto a pagar por mi estancia aquí. - El enano metió la mano
bajo la pechera.
Folco le detuvo:
- ¡No, no! - exclamó
él cogiendo al enano del brazo. - ¡Se mi invitado! Juntos leeremos
el Libro de tapa a tapa y juntos buscaremos respuestas a tus preguntas. Además,
tengo muchos otros manuscritos. A lo mejor los necesitamos.
- Muy bien - el enano lanzó
un suspiro de alivio. - Sabes, Folco, yendo a la Comarca me preocupaba mucho
tropezar con un tacaño... ¡Qué suerte!
- No sé por qué...
- se opuso Folco sin mucha certidumbre pensando en el tío Paladin.
- Pero- dijo Thorin, - tendremos
tiempo para revolver los pergaminos... Cuéntame algo de tu país.
Lo he recorrido todo. En ninguna parte he visto una belleza tal. Los pastos tan
alegres, las huertas tan arregladas, las manzanas tan rojas y el tabaco tan
bueno...
- ¿Has tenido la suerte
de viajar mucho? - le preguntó Folco con una voz llena de envidia. -
¡Qué feliz eres! Y yo, que en toda mi vida no he salido de la
Comarca...
- Bueno, en realidad no he
viajado tanto - le contestó el enano. - A muchos he visto, con muchos he
hablado. De la Comarca todos saben pero casi nadie la ha visto: la ley del Rey
Elessar se cumple sin falta.
- Una ley que nos ha hecho mucho
mal a los hobbits - dijo Folco. - A mis compatriotas nunca les interesaron los
asuntos del mundo de fuera, y después de la victoria en la Gran Guerra se
tranquilizaron por completo, creyendo que el Mal había desaparecido para
siempre. El Rey Elessar dio nuevas tierras a nuestros abuelos, las que hacía
falta habitar, y los hobbits se olvidaron de lo demás. Como los tuyos, se
hicieron demasiado despreocupados... pero, ¿por qué digo que
"se hicieron"? ¡Siempre lo fueron!
- Pero tú eres distinto,
¿por qué? - preguntó Thorin.
- Es difícil contestar. A
lo mejor porque me enseñaron a leer desde niño, y resultó
que me metí en nuestra Biblioteca y no me aparté de los estantes
hasta que no hube leído todos los manuscritos por lo menos una vez... -
De sopetón Folco se echó a reír. - A menudo hablaba sobre
algo por completo olvidado por aquí: de <la Milicia Hobbit>, de la
Batalla en los Campos Verdes... Primero todos se enternecían, después
ya me miraron de reojo, y finalmente llegaron a tomarme rabia. ¡Es que me
atrevía a tener mi propia opinión! Y de vez en cuando salía
con uno u otro ejemplo histórico con lo que confundí un par de
veces a nuestros ancianos. Lo pasado me enseña a entender lo presente,
empecé a reflexionar sobre causas y consecuencias, me puse a recoger
datos, a preguntar a los viajeros como tú. Y las noticias de tierras
lejanas se hacen con cada vez más inquietantes y extrañas.
- ¿Por ejemplo? - se
apresuró en preguntar el enano.
- En el Camino de Oeste,
aparecieron salteadores, no se de dónde, de los que hace tiempo que nadie
ha vuelto a oír. Hubo riñas entre Hombres: un pueblo de súbito
guerreó con sus vecinos. Una vez oí que una aldea cerca de las
Montañas Nubladas, ¡fue atacada por enanos¡ ¿Puedes
imaginártelo?
Thorin se quedó hecho una
pieza.
- Inconcebible - pronunció
con una voz ronca. - ¿Los enanos atacar voluntariamente a los Hombres,
como unos orcos despreciables? ¡Por la barba de Durin, no ha sucedido nada
parecido desde los días de la Edad de la Estrellas! ¿Estás
seguro de que eso es cierto?
- ¿Cómo estar
seguro en un caso así? - se encogió de hombros Folco. - <Las
noticias desde lejos rara vez son verdaderas>, como decía Théoden
en su tiempo... La verdad sólo puede decirla un testigo.
Ambos callaron. Thorin pensaba
en algo intensamente; después agitó el brazo con rabia.
- De todas maneras, ahora no lo
entenderemos, - dijo enojado. - Sigue, Folco.
- ¿Seguir? - volvió
a encoger de hombros el hobbit. - ¿Quieres que te enumere cuántos
rábanos hemos recogido en los últimos años? Has paseado por
toda la Comarca y lo has visto con tus propios ojos... Para nuestros hobbits
ahora, creo yo, lo más importante es que todo sea mejor que lo del
vecino. Y se copian unos a otros, a ver quién tiene la cerca más
alta, y esta competición la siguen todos los vecinos, algunos haciendo
apuestas - sonrió mordazmente. - Tú mismo puedes sacar
conclusiones. ¡Qué le importan a tus parientes las desgracias y
preocupaciones de los de las Montañas Nubladas! Y a los nuestros nada les
importa, excepto engullir y dormir. Estar bien harto, tener una familia bien
harta, tener invitados bien hartos, ¡no hay nada más que preocupe a
los hobbits! Pero tras toda esta gravedad y mesura no veo nada más que
pereza e indiferencia. La mayoría piensa que todo va como debe ir.
¡Y yo no puedo seguir así! No creas que me jacto... ¡Es que
ya no puedo ver más estos nabos!
El enano escuchó con
atención el discurso confuso de Folco sin sacar de la boca su pipa, que
ya llevaba un rato apagada. Las llamas en la chimenea casi se extinguían.
Con un sentimiento desconocido de vacío después de esa ardiente
confesión, Folco se puso a echar más leña en la chimenea
para distraerse.
- ¿Y qué vas a
hacer, Folco? - le preguntó el enano con cuidado.
- ¡Si lo supiera! - suspiró
el hobbit. - Cuando pienso en la bronca que me espera mañana, me entran
ganas de gritar. No fui a buscar al poney perdido, y ese Crol no perderá
su ocasión de quejarse al tío Paladin...
- ¿Y quién es este
tío Paladin?
- ¡Oh, es el guardian
principal de la memoria del pasado glorioso de los Brandigamo! No hace otra cosa
que vigilar que nadie comprometa el honor de la familia...
- ¿Y qué? Me
parece que el honor de la familia es algo muy bueno.
- Depende qué se entiende
bajo esta palabra. "¡Los Brandigamo no deben vagabundear por las
noches! ¡Que lo haga esta gentuza de Hobbiton que ni siquiera puede contar
cinco generaciones! Los Brandigamo no deben perder poneys, que la gentuza de
Hobbiton eche al viento los bienes de familia. Cada Brandigamo debe trabajar
para que la familia se haga más rica y ocupe su debida posición:
la primera junto a los Tuck." Si te parece poco, "¡un Brandigamo
no debe correr o andar con prisa, debe avanzar para que todos vean y sientan su
dignidad!" Si mañana me pega ¡no sé qué haré
con él!
- Déjalo, Folco, - el
enano le puso la mano en el hombro del hobbit tranquilizándolo. -
¿Qué te importan sus sermones? Él no tiene la culpa de no
haber leído lo que tú. Pero mucho me has contado, al igual que yo
a ti. Nos entendido mutuamente, y dudo que sepamos dormirnos. ¿Te parece
si examinamos ahora el Libro Rojo? ¿Por qué esperar? Abre más
la ventana, enciende más velas, volvemos a nuestras pipas, ¡y manos
a la obra!
Folco asintió con la
cabeza y se metió debajo de la cama. Se oyó un susurro, y después
de unos movimientos y estornudos el hobbit apareció agachado tirando un
cofre guarnecido de hierro. En la tapa había un asa en forma de anillo
ovalado, los lados cubrían adornos tallados.
- Por cierto, Thorin, - dijo
Folco ocupado con la cerradura sofisticada, - ¿por dónde has
viajado? Empezaste a contarlo, pero te paraste...
- Estuve en Arnor, en Annúminas,
donde está uno de los palacios del Rey, en los Puertos Grises. Pasé
al sur por la costa, una vez atravesé las Montañas Nubladas... Por
supuesto también he estado unas cuantas veces en la feria en Bree, cuatro
o cinco veces, pero en la Comarca es la primera vez que estoy.
- ¿Y qué hacías
en la tierra de los elfos? - el hobbit se sentó al lado del cofre olvidándose,
al parecer, de la cerradura.
- Allí estuvimos los
tres: yo, Far y Thror. Far y Thror son aquellos amigos que huyeron de Moria. En
mi patria no les recibieron bien, y fueron a los Puertos Grises en cuanto oyeron
que Círdan el Carpintero buscaba albañiles para edificar el muro
nuevo.
- ¿Para qué?
¿Para un muro? ¿Círdan? ¡Vaya! - repetía Folco
estupefacto.
- ¿Y qué? - se
asombró el enano. - Si quiere que lo edifique, se hará más
bella la ciudad. ¿Qué nos importa?
- Piensa, ¿para qué
necesita Círdan un muro nuevo? ¡Los Puertos Grises han sido
inexpugnables durante no sé cuántos siglos! ¡Nadie nunca osó
atacarlos! Entonces, ¿por qué tiene que levantar fortificaciones
nuevas? Está claro como el agua que Círdan está preocupado,
si es que hace algo tan raro.
- ¡Anda! - exclamó
Thorin golpeándose con las manos por los costados. - ¿Cómo
no se me ocurrió antes? Por la barba de Durin, ¡no habrá
enano tan tonto!
En silencio se miraron el uno al
otro. Círdan el Carpintero, último señor elfo de la Tierra
Media. El último de los miembros del Concilio Blanco. El antiguo poseedor
del Anillo del Fuego que después pasó a Gandalf. Invencible,
poderoso, ¿a quién temía Círdan? ¿Tan grande
era el peligro? Pero si de verdad era grande ¿acaso los muros podían
servir de protección?
El hobbit y el enano estaban
parados frante a la chimenea extinguida. Más allá de las ventanas
fluía el Brandivino. La Comarca dormía tranquila...
De pronto el hobbit sintió
como si las paredes de su pequeño cuarto se abrieran, y su pensamiento se
elevase y desde el cielo examinara los territorios infinitos de las tierras
salvajes, con escasas, casi invisibles lucecitas de pocas y dispersas
poblaciones. ¿Qué sucedía allí, en aquellas tierras
sin fin? El hobbit veía los cauces serpenteantes de ríos sin
nombre y esbozos oscuros de bosques infinitos. Discernía los picos negros
y azules de cordilleras en el fondo del cielo estrellado... Desde allí,
desde el fondo de aquellas tierras veladas tras las tinieblas nocturnas se
acercaba, arrastrándose, la sombra de una amenaza vaga pero temible. Y Círdan
había notado algo. Entonces, sus temores tenían algún
pie...
Folco miró a su
alrededor. Los objetos conocidos, el cuarto conocido... ¡Insoportable!
¿Qué hacer? Le sobrevino un deseo de sacar la espada
inmediatamente, sin pensar, echarse al encuentro de este peligro sin nombre y
sin cara, afrontarlo abiertamente... ¿Pero cuándo, dónde,
con quién? El hobbit se asomó por la ventana, recibiendo con el
pecho abierto el viento fresco de la noche. A su lado estaba el enano.
A la orilla opuesta del río,
en <los Graneros> cantó el primer gallo. Folco se frotó los
ojos semipegados. La excitación había pasado, la mirada se paró
en el cofre abandonado en el medio del cuarto. El hobbit se le acercó y
se puso de rodillas. Sonó un chasquido sordo en la cerradura. El hobbit
abrió la tapa pesada. Sobre su hombro resoplaba Thorin.
Desde las profundidades del
cofre, Folco sacó un envoltorio pesado. Desenvolvió la tela, y a
los ojos del enano se abrió un viejo Libro escrito en pergamino, las
tapas de una piel bermeja. El hobbit se lo tendió a Thorin.
- Ponte cómodo - dijo, y
poniendo sobre la mesa varios candelabros le acercó la silla. - Es una de
las primeras copias del Libro Rojo. No sé quién lo copió,
pero aquí está la firma del mismo Gran Meriadoc que certifica que
la copia es totalmente fiel al original.
Con ambas manos el enano recibió
cuidadosamente el precioso tomo y se sentó a la mesa. Folco removió
los troncos en la chimenea, después se metió en un rincón y
sacó un barril de cerveza y dos jarras de cerámica.
- Thorin, ¿pero qué
podremos hacer nosotros si allí alguien de verdad... "muerde"
la tierra?
- Pienso que muchas cosas, -
contestó el enano sin apartarse del libro. - Antes que nada hay que hacer
que lo crean todos los enanos de la Tierra Media. Después podemos pedir
ayuda al Rey. Es poderoso y no tiene miedo, no nos negará la ayuda... si
sabemos explicarle todo. Y Círdan. Podemos mandarle mensajeros. Pero
primero necesitamos entender.
- ¿Pero y si a aquellos
seres subterráneos no les importamos nada? ¿Viven allí,
cavan sus túneles?
- ¿Qué sé
yo? Puede ser así... Es probable que allí no pase nada y a los
enanos de Moria se les nublaran los ojos y les zumbaran los oídos de
miedo... No importa, de todos modos tengo que ir allí yo en persona.
Folco, triste, asintió
con la cabeza. El enano se iría... Habría leído el Libro y
se iría a hacer su trabajo difícil... Él pasaría por
los caminos nocturnos, se pararía en posadas, dormiría donde
pudiera... Vería países extraños, navegaría por los
ríos desconocidos. Y de repente a Folco le entraron unas tremendas ganas
de irse con él, dejar esa insoportable vida tranquila y cómoda,
hacer como los cuatro hobbits legendarios que recorrieron toda la Tierra Media
con su gran Misión. Folco se sentó en la cama y miró sobre
el hombro del enano. Frunciendo la frente y moviendo los labios, Thorin devoraba
cada palabra. Leía las primeras páginas del Libro que contaban la
inolvidable charla del honesto hobbit Bilbo Bolsón con Gandalf el Mago
una mañana soleada a la entrada del agujero hobbit. Releyendo las páginas
conocidas Folco no se dio cuenta de que se se quedaba dormido.
El enano miró con una
sonrisa al hobbit dormitando, despabiló una vela, tragó cerveza y
volvió al Libro, tomando de vez en cuando notas en una agenda colgada de
su cinturón.
Pasaban las horas, susurraban
las páginas. El cielo en el este empezó a esclarecerse. Cantaron
los gallos, chirriaron las puertas. Los Gamos iba despertándose para
dedicarse a sus tareas cotidianas...
Pasó una hora más
y cuando sobre el borde del Bosque Viejo apareció el escarlata disco
solar, el enano oyó los pasos en las entrañas de la finca. Un
portazo, después un chapoteo del agua. Fluyeron unas aromas sabrosos.
Thorin dejó de leer y
pensó cómo presentarse mejor a los amos de la finca. Con inquietud
disimulada echó una mirada a Folco dormido y se acercó a la
ventana.
Los primeros rayos del alba
iluminaron las verdes orillas del ancho Brandivino. Las lanzas solares
atravesaban las sombras nocturnas que todavía quedaban en los apartados
rincones, y los restos de la oscuridad huían, restaurando los contornos y
colores familiares a la tierra. En algunas partes, sobre los prados inundables
fluía la transparente neblina plateada. A la otra orilla del río
se veían islas negras de abetos, todavía privadas de la luz y
contornos exactos. Sonaron los trinos de los pájaros matutinos, en la
aldea vecina y en la misma finca cantaron los terceros gallos. El enano se acercó
al barril con agua en un rincón del cuarto para lavarse la cara cuando en
el pasillo de prontó sonaron unos pasos pesados, un tanto arrastrados, y
alguien fuertemente tiró la puerta que Folco precavido había
cerrado con la tranca.
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